“ no olvidéis que no hay nada como la libertad (excepto una buena caña de cerveza un día de calor) sed libres, amigos míos, una para todos y todo para mí, yo para vosotros y tres para cinco y seis para veinte”.
Groucho Marx
Una mirada estrábica, un bigote pintado y un cigarro, una peluca de rizos y un sombrero son las señas de identidad inconfundibles de unos personajes cuya carrera formaría parte de la cultura popular del siglo XX. En concreto, de ese concepto donde prácticamente cabe cualquier idea como es el humor absurdo. Juegos de palabras in sentido que se convierten en diálogos enrevesados, junto a la comedia gestual más pura y números musicales heredados del teatro de variedades caracterizarían la carrera cinematográfica de cuatro hermanos, curtidos en el mundo de espectáculo. Una filmografía que antes de la libertad, el amor a un precio razonable y dos huevos duros, comenzaría casi al mismo tiempo que el cine sonoro, con una comedia musical adaptada del teatro en vivo.
Los cuatro cocos presenta a Hammer, el director del hotel Los cocoteros, en Florida, que intenta obtener algo de liquidez mediante al subasta de sus terrenos, a Chico y Harpo, dos buscavidas que tras llegar al hotel ayudan, sin mucho éxito, a llevar a cabo la subasta. Pero también la de una pareja de enamorados, un emprendedor sin mucha suerte, su rival a la hora de conseguir la mano de una heredera, y los planes para robar un valioso collar sin esto falla. Y algo sobre un viaducto. O un pato. Pero todavía no tenemos claro por qué tiene que ser un pato.
Al igual que pasaría con Amor en conserva, la película que veinte años después finalizaría la andadura cinematográfica de los Marx como grupo cómico, esta no es una de las mejores, pero sí destaca como el comienzo oficial (a falta de un corto mudo hoy perdido) y con la curiosidad añadida de ser una deseas producciones donde el contar con sonido era una novedad…y algo necesario teniendo en cuenta la verborrea que caracteriza al personaje de Groucho. La primera aparición de este, tras el consabido número musical en un hotel más parecido a un escenario de Broadway que a la reproducción realista de uno, viene acompañado de un diálogo acelerado y lleno de la palabrería absurda que caracterizaría a sus personajes. Este sería solo un gag menor al lado del más recordado de Los cuatro cocos, compartido con Chico, donde mediante un juego de palabras pasan a transformar un viaducto en un pato de una manera completamente caótica, confusa y que se convertiría en una referencia en producciones posteriores. Harpo se encarga de aportar la comedia gestual, propia de un mimo, y muy basada en la expresividad y los juegos de manos, pero también los números musicales: sus piezas al arpa, junto a las melodías al piano de Chico, son también un número donde la ejecución musical de estas es casi una interpretación teatral. Y sin duda, mucho más recordados que el resto de bailes de la película.
Estos últimos son los esperable en una comedia musical donde el principal atractivo es el sonido: coreografías y melodías que acompañan a la trama principal, casi parece una historia tangencial a las locuras de los Marx, y cuya mayor curiosidad actualmente ees poder ver de primera mano la estética y gustos de los felices veinte.
La trama romántica, con una pareja de enamorados, sus obstáculos y antagonistas, es muy sencilla, ñoña en comparación al humor absurdo de los Marx, y al menos el añadido del collar robado sirve de marco para una divertida secuencia de entradas y salidas entre habitaciones de hotel contiguas que sirve de precedente a ese camarote atestado de gente que se convertiría en una referencia incluso para quien no hubiera visto la película.
Los cuatro cocos es todavía un ensayo, ese primer salto al cine con una obra todavía pensada para el formato musical, pero que se ve hoy con esa frescura de las primeras piezas, sabiendo ya que solo son la antesala de algo mejor.
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