Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 6 de octubre de 2016

Lecturas de la semana. Cuentos, relatos y recopilaciones





Estos días he recuperado un poco la costumbre de leer relatos, que salvo alguna antología en concreto o los autores que unicamente trabajan en formato corto, han quedado en desventaja respecto de las novelas y las historias más largas. Además, me he ido a las dos variantes: o bien la colección de los relatos de un mismo autor, o una mezcla de varios siguiendo una temática (o no) concreta.




Joanne Harris. Jigs & Reels. Cuando abrí el libro solo indicaba en la contraportada las críticas positivas, y en la solapa, un texto donde explicaba brevemente que se trataba de una recopilación de cuentos de la autora, donde el elemento común era lo inesperado, la irrupción de lo fantástico en lo cotidiano, y cierto realismo mágico. Pero la autora no me sonaba y el que mencionaran Chocolat como su libro más famoso me hacía pensar que quizá no fuera mi tipo de lectura.


La sorpresa fue mayúscula cuando a los dos o tres relatos comprobé que la descripción de la contraportada era muy fiel, y que estos, contra lo que esperaba, me gustaron mucho. Esa veintena de cuentos estaba llena de melancolía, en algunos casos, de revisiones sorprendentes de personajes de los cuentos, de desenlaces felices para aquellos que estaban destinados a perder e incluso de guiños literarios bastante sorprendentes: una versión inesperada, e igual de triste, de La Sirenita, e incluso un homenaje a H. P. Lovecraft descacharrante. Tampoco faltan algunos giros inesperados al final, muy adecuados para la brevedad de algunos cuentos, caracterizados también por la ironía y por una visión algo más crítica de algunas situaciones. En una colección más caracterizada por el realismo mágico y un enfoque entrañable, sorprende ver textos donde se refleja la ola de pánico a la pederastia que sufrió Reino Unido, del excesivo culto al cuerpo o las exageradas modas juveniles, pero estos le dan un buen contrapunto al conjunto.


La antología me gustó lo suficiente como para olvidarme de que en general, no me gustan las historias románticas, que la película de Juliette Binoche de la que se habló un montón durante el 2000 solo es una pequeña parte de la obra de la autora, más extensa. Que esta tiene su carga de fantástico, contra lo que pensaba, y que al menos esta recopilación me ha servido para darle una oportunidad a Joanne Harris.



 



Narraciones Terroríficas I. La editorial Acervo, además de los derechos, debía tener algo con Jean Ray y otros autores fantastique, porque en gran parte de sus recopilaciones estos llegaban a contar con cuatro o cinco relatos frente a una sola aportación de otros. No me quejo de esto, sino al contrario, porque gracias a ellos pude conocer al autor de Harry Dickson y Los cuentos del whisky, e incluso disfrutar de Claude Seignolle y otros.


Salvo el tratarse de relatos de terror, la colección de este título es una de las antologías más aleatorias que he leído ultimamente. Y el prólogo también ofrece unas exposiciones bastante peculiares: que se han evitado las narraciones abiertamente terroríficas por ser escabrosas, que las escritoras tienen una especial sensibilidad para lo sobrenatural y algunas apreciaciones sobre la presencia del fantástico en la literatura universal.


El primer tomo, de una colección de diez, es al menos muy variado: entre los dos clásicos leídos mil veces, como El gato negro de Poe o La familia del vurdalak, hay dos piezas chinas que datan de varios siglos, un relato japonés que en la época debió ser toda una rareza, y otros escritores que conocía, pero que solo había podido leer en otras colecciones. La ventana de Margaret Oliphant, es además de un buen relato de fantasmas, un reflejo muy fiel e intemporal de una adolescente, Eça de Queiroz o Valle-Inclan eran los últimos a quienes contaba encontrar en el libro, y aunque conociera los relatos de Jean Ray, es uno de esos autores con los que me gusta encontrarme en los libros de vez en cuando.

lunes, 3 de octubre de 2016

Lecturas de la semana I. Comiqueando







Generalmente los fines de semana suelen ser para terminar algún libro, ver los capítulos de series que salen los viernes, y principalmente, para películas. Pero este domingo fue al revés y en vez de sofá y peli, fue sofá y cómics. Bueno, comics, sofá y gatas, porque el anterior lo tengo en copropiedad con ellas. En concreto, para empezar dos historietas de las que tenía muchas referencias, bien como buenas críticas o por popularidad.










Rat Queens. En todas las historias de fantasía heroica hay un grupo variopinto de héroes. Y en todas ellas se parecen. Pero en la ciudad de Palisade se encuentran, entre otros, las Rat Queens, una banda formada por una sacerdotisa atea, una enana que se ha afeitado la barba, una bruja muy cabreada y una hobbit (o halfling. Dependiendo de los derechos) adorable a la par que muy colgada. Y no, ninguna de ellas lleva un revelador bikini de cota de malla, porque sería bastante incómodo para la mayoría de sus misiones: limpiar el bosque de goblins, evitar que un engendro lovecraftiano devore el reino o pelearse en la taberna con el resto de cuadrillas de héroes.


Las Rat Queens tampoco son un grupo heróico al uso: violentas, deslenguadas, y sin ningún problema a la hora de ponerse ciegas con todo tipo de estupefacientes, son quizá el peor en un mundo donde el resto de héroes tampoco destacan por ser intachables, y donde la diversión radica en lo referencial y paródico de sus aventuras iniciales: es muy fácil reconocer las tabernas donde se reúnen los personajes típicos de Dragones y Mazmorras, las misiones típicas de los juegos más simples y los secundarios genéricos, que acaban en su mayoría envueltos en una violencia donde la sangre y los ataques rastreros raya lo paródico.


Durante los primeros números se mantiene esa tónica de humor paródico y de mezclar con un escenario fantástico situaciones cotidianas: el trasfondo de los personajes tiene un peso importante, y donde se reconocen situaciones más reales: entornos tradionales, familias religiosas o reuniones de antiguos alumnos son la parte más importante de las tramas frente a las peleas y los monstruos. No es hasta el siguiente arco cuando se intenta plantear una narración con más peso. Pero es aquí donde la mezcla no termina de funcionar: si en los primeros números el humor basto y los personajes tenían su gracia, el intento de combinar las tramas personales con lo fantástico queda muy errático, provocando unos cambios de tono muy bruscos donde primero quieren centrarse en la fantasía, y de golpe, se pasan a un grupo de veinteañeras buscando su sitio en el mundo. Tampoco ayuda el cambio de dibujante en los últimos ejemplares, donde el estilo es completamente opuesto al tono y diseños anteriores, haciendo prácticamente que se convierta en una historieta muy distinta a la de los comienzos, diferencia de la que no sale ganando.












Paper Girls. Muchos aún estamos un poco aturullados con el éxito y la cantidad de nostalgia por los ochenta que supuso Stranger Things (que, aunque divertida, no me enloqueció tanto. Hay muchas películas de la década que tengo recientes), pero el autor de Saga (y ahí va otro comic que tengo pendiente) se adelantó un año con un tebeo con una temática muy deudora de esa década: cuatro chicas se encargan cada madrugada del reparto de periódicos en una pequeña ciudad de Estados Unidos. En un entorno donde las bicicletas, las aventuras y las pandillas parecían estar reservadas a los chicos, se encuentran en medio de una trama de viajes en el tiempo, paradojas temporales y de criaturas sacadas de distintas épocas que aparecen a lo largo de una noche. O varias, en los distintos años donde las protagonistas acabarán trasladándose, descubriendo qué ha sido de sus familias, e incluso, encontrándose a sí mismas, literalmente.


Salvo el situar la historia en una década tan popular ahora, la narración tiene mucha más entidad que la de recoger cuatro elementos típicos y dedicarse al homenaje nostálgico. Que los hay, en algunos casos: el grupo recuerda más a los protagonistas de Cuenta conmigo que a los Goonies, y la trama sobre los viajes temporales y lo que esconden resulta bastante compleja en principio. Esta es también una forma de incluir elementos más intimistas que son los que le dan un carácter más único al cómic: el miedo a descubrir, con doce años, el futuro que hay o no hay ante uno, o el plantearse, de una forma no metafórica, que pensaría el niño que uno fue al encontrase ante el adulto que se ha convertido.


Además del dibujo, que ha mantenido a su autor en los números hasta la fecha, el coloreado es sorprendentemente, uno de los elementos que más favorece al aspecto gráfico. Los trazos, muy precisos en las caracterizaciones y entornos, pero muy básicos en los rasgos aparecen en tonos a veces muy extraños y monocromos: púrpuras o azules muy adecuados para el tono de las primeras páginas, y de situaciones más extrañas como las viñetas dedicadas a reflejar sueños o delirios. De nuevo, un recurso tan simple es todo un acierto en un género donde, al menos para los que no leemos demasiados cómics, la norma habitual parecía haberse convertido en un color demasiado vivo y con miles de relieves artificiales cortesía de Photoshop.





jueves, 29 de septiembre de 2016

Necronomicon Z (Alberto López Aroca). Z de zombies, no de serie.





Partiendo de la idea de que si se juntan dos cosas que nos gusten, el resultado tiene que ser todavía mejor que por separado, en el mundo de la ficción las posibilidades son muy amplias: Tterror y ciencia ficción, vampiros y hombres lobo...y los zombies, que son los más versátiles, prácticamente con cualquier género y escenario. Incluso han tenido sus roces con uno tan abstracto como los Mitos de Cthulhu, aunque solo fuera de refilón, y con unos resultados bastante memorables. Porque hoy la palabra Necronomicon recuerda, o bien a las criaturas de H. P. L o al bueno de Ash Williams combatiendo demonios con más desparpajo que ingenio.






En realidad el libro de Aroca no se queda en un simple guiño, sino que se adentra de lleno en los mitos de Cthulhu, siendo las ciudades inventadas por H. P. L el escenario en el que se mueve un grupo de personajes que han coincidido en ese lugar por distintos motivos: son los años 50  y Arkham se ha convertido en una ciudad universitaria de tercera, a la que varios personajes llegan por distintos motivos. Dos criminales han sido contratados por un juez para obtener una copia de un libro guardado en la universidad. Un escritor de novelas pulp llega a la ciudad en busca de una mujer llamada la Dama Whateley. Y Goody Fowler, la bruja protagonista de una balada local, ha regresado tras varios siglos para vengarse, usando para ello el Necronomicon, cuyo sobrenombre de "el libro de los muertos" no es solamente una metáfora.


En principio, la novela se ha planteado como una historia coral, en la que personajes muy secundarios juegan un papel determinante en ciertos momentos, algunos muy breves. Así la primera parte cuenta con dos o tres de ellos que desaparecen rápidamente una vez la trama se pone en marcha, y no llegamos a encontrar a los protagonistas como tales hasta bien entrada la segunda parte del texto. Al menos en su mayor parte se trata de un mosaico donde se muestra la ciudad, y la situación de esta veinte años despúes del último relato escrito por H. P. L, a través de los ojos de sus habitantes. Que son a menudo mezquinos, culpables, inocentes, pero también sorprendentemente reales para una ciudad tan ficticia como Arkham.








Además de recrear muy bien, y sin concesiones a la idealización, una ciudad que los lectores de H. P. L. conocen muy bien (y que para qué negarlo, nos encantaría poder visitar), otro de los aspectos más positivos del libro es el uso de las referencias. No faltan menciones a los lugares comunes de los Mitos de Cthulhu, e incluso, a algunos de los relatos que los precedieron, como Arthur Machen, que se integran muy bien como parte del escenario y no dan la impresión de querer saltar cada dos por tres: que un personaje se llame Hutchinson, o que se hable del vinum sabbati, son guiños que pueden ser reconocibles o una parte más del Arkham descrito por Aroca. Este consigue además salir muy bien parado de uno de los aspectos más difíciles, como es el recuperar a dos de los personajes más destacables de H. P. Lovecraft, y además de integrarlos en una parte de la trama, darles un carácter propio, que no parece una invención, sino una ampliación de los creados por Lovecraft: algo así como la forma de ser de Randolph Carter o Richard Pickman en la que su escritor original prefirió no explayarse.


En cambio, hay muchos elementos que lastran el conjunto: en un principio, la narración resulta un poco errática, se saltan de un personaje a otro, dedicando demasiado tiempo a describir cómo estos van cayendo como moscas y queda la impresión de no saber muy bien que es lo que se quiere contar. Además, el texto no pretende esconder los momentos más gore o escabrosos, haciendo que en muchos casos, o bien pone a prueba las tripas del lector, o se acaba perdiendo en situaciones gratuitas que no aportan nada: ¿de qué sirve dedicar varias páginas a describir a un personaje cuyo hobby es torturar gatitos si al final es eliminado sin terminar de aportar a la trama? Realmente, habría disfrutado mucho más la historia sin unos párrafos revuelvetripas gratuitos (si los zombies se comen hasta al apuntador me parece bien, pero preferiría que cualquier minino, perro, hámster o guacamayo estuviera a salvo de la escabechina). Al personaje de Goody Fowler también le pasa algo parecido: si bien su caracterización como alguien hedonista hasta el extremo, sin intención de acabar con el mundo, despertar a Cthulhu ni ninguna de las pretensiones típicas de los villanos lovecraftianos, es interesante, esta acaba perdiendo fuerza e intenciones debido a la extensión de los capítulos que le dedican. Una parte importante del libro está destinada a contar su vida y tropelías, que si bien están presentadas con mucho humor negro por lo excesivo, llega un momento en el que el exceso aburre, y el personaje acaba convirtiéndose en una especie de parodia de situaciones hentai y de situaciones gore. Mejor dosificada está la aparición de su contrapartida, la Dama Whateley, que se reserva para el último tercio del libro y que se convierte en un personaje bastante mas equilibrado y simpático.


En el fondo, Necronomicon Z no es tanto una novela de zombies como una lovecraftiana, donde los muertos vivientes se convierten en algo secundario, muy breve, pero que no produce la impresión de ser un añadido para poder incluirla dentro del género, o colección donde se engloban los últimos libros con cadáveres ambulantes. Tampoco es una historia redonda, y en una parte importante de esta, pesan demasiado situaciones que no aportan mucho y la tendencia hacia lo excesivo. Pero en conjunto, especialmente hacia la segunda mitad, el balance se vuelve positivo: la recreación de Arkham, la caracterización de personajes que consigue hacer suyos con facilidad, e incluso el integrar una trama de zombies con un gran número de elementos de los Mitos de Cthulhu, compensa de sobra sus defectos.

lunes, 26 de septiembre de 2016

31 (2016). Payasos asesinos, motosierras y pantalones de campana



Aunque estén muy alejadas de lo que suele gustarme en el cine, Rob Zombie siempre consigue que acabe viendo alguna de sus películas: o bien seguir las tropelías de la familia Firefly en La casa de los 1000 cadáveres, ponerle pegas al remake de Halloween o desconcertarme con Lords of Salem, algo de maña debe tener para que mantengan el interés unas películas que en otras circunstancias se resumirían en un grupo de gente que grita mucho a otra y la mata de la manera más violenta posible. En todo caso, su estilo muy deudor del cine de terror de los setenta, la violencia grafica, personajes extremos y desagradables, y unos guiones muy sencillos y centrados en muy pocos elementos, se han convertido en características comunes a casi todas sus películas, y de los que en su última producción no falta ninguno.



Especialmente, en lo tocante al guión, porque la historia de 31 no podría ser más sencilla: un grupo de feriantes son secuestrados y obligados a enfrentarse a una serie de asesinos durante doce horas. Este es el tiempo que dura un juego de supervivencia, ideado por sus captores, que durante ese periodo apostarán sobre las posibilidades que cada uno de ellos tiene de salir vivo. Cuestiones como la identidad de sus secuestradores, el lugar en el que han sido encerrados, o los asesinos que uno tras otro, son enviados tras ellos, no son relevantes: al igual que a los protagonistas, lo que importa es quien va a salir vivo de allí, o más exactamente, qué es lo que les espera una vez que se hayan salvado por muy poco de unos desquiciados que parecen empeñados en hacerlos picadillo de la manera más sangrienta posible.  


¿Cómo puedo quedarme colgada con una película tan centrada en la violencia y la sangre, cuando precisamente, producciones como Hostel me han parecido de lo más aburrido y fácil? Pues sigo sin tenerlo claro, pero quizá sea que Rob Zombie, aún con sus limitaciones, es capaz de crear una fascinación un tanto morbosa con lo que cuenta: que es muy simple, pero donde la importancia la tiene el aspecto externo: la ambientación en una década de los setenta que hace pensar mucho en La matanza de Texas, unos personajes que no suelen despertar simpatías, pero que captan el interés, y sobre todo, una escenificación muy barroca de esa misma violencia, donde casi se puede desviar la atención a cada uno de los detalles de los escenarios, muy propios de la idea sobre las manías que podría tener un asesino en serie, y que son una parte importante de la atmósfera de la película. 



En el caso de esta, parece que el director a optado por lo seguro: lejos de la rareza de Lords of Salem, el planteamiento es muy similar a La casa de los 1000 cadáveres. El público sabe lo que les va a pasar de antemano a los protagonistas, salvo que en este caso, hay elementos que juegan a su favor: después de varios años de nostalgia ochentera por todas partes, la estética de los setenta es una variación que se agradece. No pilla tan de sorpresa como en su primera película en 2003, pero está cuidada y supone un poco de aire fresco. Y sus protagonistas, en lugar de ser adolescentes incautos, cuentan con la ventaja de adaptarse con mayor facilidad a un escenario hostil: pasado el shock inicial, a estos les resulta relativamente más fácil buscar soluciones, escapar, o incluso encararse con sus antagonistas, bien física o verbalmente.  Una de las secuencias, donde el personaje interpretado por Sheri Moon Zombie se pone a chapurrear amenazas en español contra su oponente (nada menos que un enano pequeño. Disfrazado de nazi) hace pensar que estos no van a pasarse el resto del metraje llorando y esperando que los descuarticen. 


El montaje en algunas secuencias resulta un poco confuso, no quedando muy claro a quien persiguen, asesinan o hacia donde van, y se notan a veces los cortes que se realizaron para reducir la calificación por violencia (aunque sea un contrasentido tener que editar una película cuya principal gracia son las motosierras y el lenguaje cuartelero), pero por suerte, estos acelerones oficiales no impiden que se pueda disfrutar de uno de los mayores atractivos de esta: los escenarios y la atmósfera. Si los exteriores son casi tan simples como los que pueden salir en Z Nation, con desierto y más desierto, el complejo donde se mueven los protagonistas resulta casi barroco: naves industriales, decorados propios de una pesadilla o de un pasaje del terror muy extremo, situaciones tan paradójicas como los organizadores del juego, disfrazados de nobles del siglo XVIII porque...porque sí, y punto, y una galería de asesinos de lo más teatrales donde no faltan un clásico de la imaginación popular como son los payasos..y las motosierras. Lo cierto es que la sucesión de escenarios y personajes extremos casi hace que parezcan las pantallas de un videojueo: los protagonistas acaban con un enemigo y pasan al siguiente nivel, así hasta tres o cuatro veces, una estructura bastante básica que en realidad no supone un problema al tratarse de una historia que huye de cualquier tipo de complejidad y de giros de guión. 



Aquí un personaje de los de envejecer al lado de su foto

El reparto, aunque en principio no haya que esperar grandes interpretaciones, guarda sus sorpresas. Salvo la aparición de Sheri Moon Zombie, que es habitual en las producciones de su marido y que pese a muchas críticas, es bastante solvente para lo que se le suele pedir en los guiones. Y quizá menos cantosa de lo que suele ser Milla Jovovich en las películas de su marido. Meg Foster cuenta en cambio con uno de los personajes con más trasfondo, y sorprendentemente, con más simpatía. Se echa en falta a Sid Haig o a Bill Moseley, seguramente por lo memorable de su interpretación como los Firefly, pero el resto de actores no desmerece: Malcolm McDowell aparece como maestro de ceremonias, absurdo, fuera de lugar y caracterizado hasta el extremo. Y aunque en menor o mayor medida el elenco de asesinos tenga su momentos muy histriónicos, eso sí, el que brilla con luz propia es el Doomhead interpretado por Richard Brake. Un personaje que con unos diez minutos, una verborrea impresionante y un sadismo digno del Joker acaba llenando la pantalla y haciendo que su presencia sea lo más memorable de todo el guión. El actor que lo interpreta, Richard Brake, cuenta con muchos papeles secundarios, apenas se lo reconoce con todo el maquillaje de Night King en Juego de tronos y yo sigo recordando como el malo del videoclip de Muse, Knights of Cydonia. Pero con este papel ha debido conseguir el momento de gloria que muchos actores buscan. 

31, en cuanto al estilo de Rob Zombie, no es nada nuevo: parece simple, no faltan los elementos favoritos del director ni su señora esposa, que no falla. Ni tampoco es la novedad que supuso La casa de los 1000 cadáveres. Pero cuando menos, es lo que promete: grotesca, violenta, muy sucia y no se pierde en escenas de relleno. En cierto modo, es un tipo de cine muy parecida a la frase hecha sobre los accidentes de tráfico: lo que cuenta es desgradable, pero no puedes dejar de mirar. 

jueves, 22 de septiembre de 2016

Z Nation: La película. O el especial. O lo que quiera que nos cuenten (que es muy raro)



Esta semana se estrenaba la tercera temporada de Z Nation, que con el permiso de Ash vs Evil Dead, es la única comedia de zombies que puede verse en televisión. Pese a tratarse de una producción de Asylum, que se ha hecho un nicho en el mercado del presupuesto mínimo y la comedia involuntaria (o no tanto), han empezado fuerte con un especial de hora y veinte. En principio esto haría pensar que dedicarían tiempo a un comienzo espectacular, y quizás, aclarar un poco las nuevas tramas que habían ido surgiendo (o de paso, la cabeza de los guionistas): las continuas menciones a Zona de los anteriores capítulos, una especie de refugio para los más poderosos a donde intentan llevar a determinadas personas, qué habría pasado con esos personajes a los que ponían en un cliffhanger gigante al final de la temporada anterior, y sobre todo, cómo se las ingeniaron para recuperar por arte de magia a un tipo al que hace solo unos capítulos, habían tirado a un pozo lleno de zombies y que ha regresado convertido en uno de los buenos.



En realidad todas estas preguntas tienen que esperar porque, primero, tras dos años de serie, Z Nation nunca destacó por su coherencia interna ni lo necesita. Y segundo, porque el especial es en realidad una historia independiente que sucede en algún momento de la mitad de la temporada anterior. Así desaparecen algunos personajes que aún no habían sido presentados, y regresan otros: el bebé de Murphy, que solo aparecería un par de capítulos (sin duda tener que meter infografía a un bicho tan feo es un dolor) o Cassandra, uno de los supervivientes  modificada por los poderes del anterior, continúan con el resto del grupo el viaje para encontrar una cura. Como suele pasar en cualquier episodio, el viaje se ve interrumpido por un grupo de supervivientes que necesitan su ayuda, y pese a las quejas de Murphy, deciden quedarse y proteger el asentamiento de un mercenario que ha venido para cumplir una misión muy concreta: llevarse a uno de los supervivientes, un científico, por órdenes de unos jefes a los que el público todavía no conocemos.



El argumento perfectamente podría haber sido parte de un capítulo doble en la temporada anterior, e incluso habría sido mucho más entretenido que algún episodio botella de una temporada a la que aumentaron su duración. Pero sospecho que no había presupuesto suficiente para grabarlo, o que directamente, las referencias a la trama que sustituirá la del viaje para encontrar una cura se las fueron inventando sobre la marcha. El punto fuerte en todo caso es el tener ya muy claro el tono de la serie y que a nadie pille por sorpresa sus momentos de humor intempestivo. Que en este especial, han optado porque sean todos de referencia cinéfila: la primera secuencia, con uno de los personajes anunciando alegremente que esto se trata de una película de flashback, además de romper un poco la cuarta pared, va preparando el terreno para un guión donde además de los chistes referenciales propios, hay un montón de menciones cinéfilas que sueltan alegremente: los spaguetti western de Clint Eastwood, Mad Max, Espartaco, 300 e incluso un guiño a Furia de titanes que acompaña la aparición de uno de los superzombies que acabaron por hacerse habituales. Referencias que en realidad, se quedan en guiños verbales o en montajes que el público reconoce fácilmente del cine clásico. Y que no se quedan ahí, sino que son capaces de recurrir a estéticas más chocantes como una breve aparición de los próximos antagonistas, rodada como si fuera un anuncio de Martini ¡Tal es la idea de lujo tras la caída de la civilización!



El resto de los momentos siguen siendo los propios de la serie cuando esta está inspirada: la palabra apocalipsis se ha convertido en una parte habitual del vocabulario de los personajes, con la que explican  situaciones absurdas con la misma facilidad con la que un viandante mencionaría la crisis económica. Un apocalipsis que ha tomado un cariz muy cómico y muy cotidiano, y por el que circulan personajes que en principio, buscan una caracterización mucho más exagerada y de comic, aunque solo sea para una aparición episódica: una superviviente vestida de rojo, color que justifica con un diálogo no ya de serie B, sino de serie Z. Un niño criado por los cuervos y un mercenario que se pasa toda la película vestido con un traje de lo más elegante y unas chancletas (si seguimos la teoría de Z Nation, será porque tras el apocalipsis ya no hay que seguir un código de vestimenta concreto) son algunos de los secundarios que, pese a no formar parte de la continuidad de la serie, acaban ocupando más espacio que los propios protagonistas, y que seguramente, por el carácter un poco aislado de este guión respecto al resto de la serie, funcionan muy bien.



Puede que este especial no aporte, salvo algunas menciones, nada nuevo para la tercera temporada, que empezará en el tercer episodio. Pero como capítulo, o largometraje independiente, ha sido uno de los guiones más divertidos y donde han aprovechado al máximo todas las ideas que habían quedado establecidas para la serie. Aunque este enfoque tan propio de comedia de aventuras que plantearon hace que los cambios de tono cojan al público por sorpresa: los personajes no se toman nada en serio, muchos de sus diálogos dramáticos dan risa...y el desenlace de algunos es tan inesperado que corta la carcajada de seco: ese tono tan ligero hacía pensar que a ninguno de los protagonistas les iba a pasar nada, que en el fondo, todo era una broma en el que el grupo, o los personajes más divertidos, iban a salvarse en el último momento. Y que por esto, el final llegue de una forma mucho más brusca, casi cortando en seco las risas que acompañaron durante los primeros setenta minutos. No tengo claro si los guionistas de esta serie son unos genios, le toman el pelo al público o se esfuerzan lo más mínimo en mantener un tono y una coherencia uniforme. Solo se que Z Nation debe ser de las series más divertidas que he podido ver en los últimos  años.

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