R. L. Stine fue uno de esos escritores que en los noventa vendió millones de ejemplares y que hoy es un material muy añorado (porque también hay nostalgia de los noventa, y eso da muy mal rollo. Si parece que fue ayer por la tarde cuando Nirvana estaba de gira). Igual por eso, y por el cariño que le tienen sus lectores de antaño, no parecía una mala idea el producir una película basada en los libros. Por eso, y porque el abaratamiento de los efectos especiales también haría posible que una de las cosas que caracterizaba a Pesadillas, como la aparición de todo tipo de monstruos, pudiera llevarse a cabo sin que estos parecieran en exceso marionetas, o peor, efectos especiales del canal Syfy.
Otro de los problemas para hacer una versión en cine eran los propios libros. Porque estos no tenían un argumento ni personajes con continuidad, sino que eran novelas independientes. Por lo que una adapción literal sería imposible si no se limitaba a un libro en concreto. La solución por la que optaron, además de original, fue muy efectiva.
La película de Pesadillas, más que los libros, adapta el contenido de todos los libros y sus características: escenarios, perfil de los protagonistas, objetos, monstruos, giros inesperados e incluso al propio autor, que se convierte en uno de los protagonistas. Esto es lo que se encuentra un chico de quince años cuando se muda a una pequeña ciudad. Pese a lo aburrido del barrio, su vecina parece simpática, si no contara con un padre muy protector y huraño. Cuando, buscando a su amiga este se cuela en la casa, descubre lo que este escondía: una biblioteca formada por los manuscritos originales de pesadillas, una serie de libros infantiles escritos por quien resulta ser su vecino. El motivo que lo lleva a haberlos escondido no es otro que evitar que los monstruos que los protagonizan puedan escapar. Cuando por accidente estos escapan y los manuscritos que los guardaban son destruidos, Stine y los amigos de su hija deben encontrar la máquina de escribir que utilizó entonces, para escribir un nuevo libro donde puedan encerrarlos una vez más.
Como adapción, ha optado por un camino muy curioso: salir de los
libros y presentar al autor como parte de la ficción ¿Y como lo consigue?
Pues gracias a uno de los elementos de sus libros: en este caso, una máquina de
escribir que convierte textos en realidad. El resto está presente como parte
del argumento: una localidad pequeña donde no pasa nada fuera de lo común, el
protagonista que sospecha que hay algo extraño, y por supuesto, los giros
inesperados. Porque estos eran la marca de la casa, algunos más ingeniosos y
otros más pillados por los pelos. Y es que a lo largo de la trama aparece
más de uno, aunque de una forma más sutil y mejor integrada que en la de
algunos textos del autor.
A R. L. Stine lo interpreta Jack Black, que se excede algo menos en la
comedia al tratarse de un personaje más serio que sus habituales, salvo por
todas las características propias del cliché de escritor gruñón y recluso. Lo
cierto es que al contar con un reparto muy joven, él es el que más defiende la
película, porque el resto de presencia adulta se reduce a algo muy secundario.
Los efectos especiales son más que correctos, y a favor de ellos cuenta el
mezclar de una forma muy hábil la infografía con lo tradicional: esta más que
brillar, cumple, para recrear los monstruos más aparatosos, mientras que los
más artesanos sirven para que los que son en apariencia simples, tengan un
aspecto más real. Porque algo tan sencillo como un muñeco de ventrílocuo o unos
enanos de jardín (sí, este hombre sacaba hasta monstruos lámpara si hiciera
falta), funcionan mucho mejor cuando no son otra cosa que un muñeco, de
movimientos torpes y aspecto de marioneta, pero real para los personajes.
A la hora de reunir todo lo que caracteriza a los libros para formar una
historia, el resultado ha sido bueno: no es una gran película infantil, pero es
divertida, dinámica y la reunión de monstruos variados recuerda mucho a Una pandilla
alucinante. Peroel querer acercarse
demasiado a los clichés del cine juvenil hace que esteresulte muy predecible y forzado en los
comienzos. Lo único que no se ha respetado es la edad de los protagonistas, que
frente a niños de doce o trece años, aquí son chavales de quince con aspecto de
diecisiete. Decisión que parece unicamente tomada para poder incluir la
correspondiente trama romántica y una secuencia en un baile de instituto sacado
de la manga y con el que desde el primer minuto, se empeñan en insistir sobre
su celebración. El amigo del protagonista no pasa de ser un secundario cómico
que se pega a este sin más motivo que el de aportar el elemento friki y
cómplice como conocer los libros y causar por una torpeza bastante forzada, la
huida de los monstruos. Pero lo peor, y precisamente relacionado con la trama
romántica, es la falta de riesgo a la hora de que el guión ofrezca una sola
nota triste. Nadie, especialmente el personaje cuyo trasfondo estaba pensado
para tal fin, corre un verdadero riesgo. Y lo que podía quedarse como un
desenlace más efectivo, resulta un truco bastante forzado para que la película
cuente con un final feliz soso y para contentar a todos.
De esta versión en cine de Pesadillas puede decirse que el acomodarse a
los estereotipos del cine juvenil no le ha sentado bien. La convierte, en el
fondo, en una película más para jóvenes. Pero exceptuando estos detalles poco
acertados, ha resultado una adapción muy original en su planteamiento,
divertida gracias a todas las apariciones de los monstruos creados por Stine,
que en mayor o menor medida tienen algún plano, e incluso por la del propio
autor, pero el de verdad, que también tiene un pequeño cameo
Aunque George Lucas tenía pensado que Star Wars fuera una saga de nueve películas, tardamos décadas en ver la segunda trilogía. La tercera, ni siquiera de mano suya, sino que es otra ahora es otra franquicia propiedad de Disney y es J. J. Abrahams quien lo sustituye como director. De poco me habría enterado, porque aunque vi y me gustaron las tres primeras, no llegué a pasar de El ataque de los clones, que sirvió también para convencerme de que la próxima secuela estaría mejor en manos de cualquier otro.
El despertar de la Fuerza transcurre varios años después de El retorno del Jedi, donde, hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana...pero realmente alguien no conoce el argumento? Porque a grandes rasgos, continúa el mismo con el que Lucas se ganó a los fans entonces. Esta vez ya no es el Imperio el que amenaza a los rebeldes, sino la Primera Orden, quienes pretenden aniquilar a la República y a la Resistencia liderada por la General Leia Organa. Luke Skywalker, el último jedi, ha desparecido, y la única esperanza de encontrarlo es el mapa que guarda un pequeño androide. Rey, una joven que se gana la vida como chatarrera, es la primera en encontrarlo. Su descubrimiento la llevará a abandonar su planeta, conocer a los héroes de la última guerra, enfrentarse a los enemigos de estos y descubrir que ella también oculta un poder que desconocía.
La aportación de Abrahams a La guerra de las galaxias ha conseguido funcionar en todos los campos. Por un lado, aporta una visión más dramática a la guerra mostrando todas las consecuencias que las órdenes de los antagonistas implican: las muertes de personajes anónimos, así como la violencia que se entrevé, inesperada en una película familiar, hace que se sienta compasión por estos, no solo por los principales. Al igual que presentar a un personaje que proviene de un bando anteriormente uniforme, como eran los soldados del imperio, antes limitados al papel de clones (aunque el truco de decir "ehm..no, es que no es un clon. Es que es un niño robado y educado para ser trooper" es un poco pillado por los pelos). Finn, aun siendo solo coprotagonista, sí presenta una aproximación menos en blanco y negro y más abierta , que se sale de los esquemas habituales en la serie.
La otra mejora es precisamente lo opuesto: frente a esta visión más seria, quizá algo más realista, el resto de la película cuenta con un sentido del humor más visible, que no llega a la payasada pero que hace que el guión no sea solemne en todo momento, sino que muchos de los personajes recurren al humor como forma de desdramatizar determinados momentos o para enfatizar el desafío de una situación.
Siendo una continuación, parecía los nuevos protagonistas lo iban a tener difícil frente a Leia, Han, Luke y los droides. Pero Rey y Finn se ganan su puesto como sucesores de los anteriores héroes. A lo largo de la trama se los ve progresar como tal y de una forma menos lineal que pudo ser Luke: estos muestran mayores miedos, rechazo a las responsabilidades, y por eso resultan más humanos y cercanos al público. Aunque en algunos momentos se nota demasiado que el trasfondo de estos vendrá en la próxima secuela: los flashbacks de Rey son casi un adelanto para esta, y en el caso de Kylo Ren, se nota que le va a hacer mucha falta este para que pueda ser algo más que un "yo de mayor quiero ser Darth Vader". Y si, los protagonistas anteriores tienen también su papel, pero muy bien dosificado. Sin ser un guiño, estos están presentes de forma que dan paso al nuevo reparto, salvo en el caso de Han solo, quien de los clásicos es el que tiene un mayor papel y muy destinado a ofrecer el correspondiente relevo.
Pese a las renovaciones, la película se ha mantenido muy fiel al estilo original, y en todos los ámbitos: es muy cercana a la estética e intenciones de La guerra de las galaxias, pero teniendo en cuenta los elementos que han pasado a formar parte del universo de la serie. En las secuencias conviven perfectamente los efectos digitales con las marionetas y los tradicionales que caracterizaron la primera entrega. Y que, en La amenaza fantasmas habían sido despreciados en favor del ordenador, la pantalla verde, y para que negarlo, el mayor aburrimiento posible. Incluso la estética recuerdan a esta: los alienígenas siguen siendo criaturas fantásticas y propias del space opera, pero los vestuarios se vuelven mucho más sencillos, reconocibles y alejados de las extravagancias del Episodio I y siguientes.
Quizá también por los desaciertos que supusieron las precuelas, esta entrega ha optado por ir a lo seguro: ha recuperado el estilo y diversión de la original, pero en cierto modo, no es más que el guión de esta con unas actualizaciones. Con un poco más de atención se reconocen el planeta desértico, los malvados, la figura del mentor, el héroe con un destino que cumplir y un pasado por descubrir, el villano que ofrece la alternativa del lado oscuro..y por si no fuera poco haber destruido ya dos Estrellas de la murete, ahora van y hacen otra ¡Es que los malvados imperios galácticos no aprenden nunca! Cosas como estas hacen pensar que, más que una secuela, es un reboot para las nuevas generaciones.
Pero cuando una historia funciona, es difícil quejarse. Y esta lo hace. Tal y como lo hizo La guerra de las galaxias y El imperio contraataca, que en el fondo, bebían del space opera y de la fantasía. Quizá en el caso de esta entrega sea un poco traicionero el volver a repetir la historia dentro de una misma franquicia, pero El despertar de la Fuerza me gustó. Sin ser una gran película a nivel de argumento e innovación. Pero esta me divirtió, me preocupé por Finn, por Rey, BB8 me hizo gracia y me pareció interesante la dinámica entre los antagonistas, Kylo Ren y el general que no es el almirante Tarkin, pero que el pobre lo intenta. Incluso los niños pequeños que se reían, se asombraban y preguntaban a sus padres sobre lo que pasaba en la pantalla me parecieron menos irritantes que en otras ocasiones. Disfrutaban, simplemente, como niños, de una forma más espontánea que los espectadores adultos.
Se nota que Disney quiere amortizar su nueva marca, y tras El despertar de la Fuerza para poner en marcha la saga, nos esperan una secuela y un spin off en años alternos. Interés y material dentro del universo no les falta, y desde luego, si les sale una producción tan efectiva como esta, será suficiente como para que se puedan olvidar unas precuelas que ni el público ni la serie merecían.
Angus Scrimm es otro de esos nombres que no suenan demasiado
ante el público en general. Pero, que al igual que Wes Craven, cuenta un gran
aprecio entre los aficionados al cine de terror. Y que, en este caso, interpretó
a uno de los monstruos emblemáticos de la década de los ochenta.
Hablar de Scrimm hace pensar inmediatamente en El Hombre
Alto, el misterioso guardián del cementerio que persiguió a Reggie Bannister
durante las cuatro entregas de Phantasma. Un personaje que, comparado con el
resto de la década, podía ser menos popular que Freddie Krueger, menos
llamativo que los cenobitas de Hellraiser, pero que contaba con su propio
carisma y estilo. Sus inexistentes líneas de diálogo, su ausencia de trasfondo
y el aspecto amenazador que aportaban los 1.93 cm del actor,
enfundado en un traje de director de funeraria, lo convertían en un hombre del
saco moderno, pero muy deudor del pulp, de las imágenes de la cultura popular,
y en cierto modo, una posible fuente de inspiración para el Slenderman que
aparecería unos años después.
Al contar con un papel reconocible, su carrera como actor
parece no contar con otros papeles igual de famosos. Lo cierto es que para su
edad, sus apariciones en el cine son bastante tardías, a partir de los 70, y
una parte de ellas, en producciones B y Z…aunque eso no implica que fueran películas
horriblemente malas. Bueno, sí, lo eran, Pero dentro de la categoría de lo
disfrutable y la comedia involuntaria. Algunas de estas podían resultar casi un
cameo y ser de lo más variadas: desde una aparición muy breve como Rey de los
vampiros en Subespecies, hasta una parodia de El hombre alto en Transylvania Twist,
una comedia de terror llena de guiños a películas que, además de funcionar
perfectamente como comedia, dentro de este estilo, los hermanos Wayans deberían
verla varias veces, a ver si aprenden que entre “comedia terrorífica” y “Scary
Movie”, hay una diferencia abismal.
El cambio de siglo aportó papeles con un carácter más
regular, y quizá alejados de la serie B por la que lo conocimos entonces: un
personaje recurrente en Alias, la serie de Abrahams y Jennifer Gardner. O, para
los que seguíamos prefiriendo el terror, una actuación breve, pero memorable,
como médico en I sell the Dead, una película sobre la época de los ladrones de
tumbas, con mucho humor negro y que en algún momento debería ver de nuevo,
porque se merece una entrada por sí sola.
Después de algo más de tres décadas siendo toda una cara
recnocible, en múltiples películas, series y sobre todo, como personaje emblemático
de una saga, Angus Scrimm fallece el pasado domingo a los 89 años. Y del que
nos queda, al menos, una de sus pocas, pero memorables, frases como El hombre
alto: “ Booooy…!”
Mientras terminaba de escribir, veía la noticia de David Bowie. No es habitual que le dedique a la entrada a los músicos, pero hoy es una excepción. Para mi Bowie fue desde siempre, el rey Jareth.
No hay un 9 de enero sin que le dedique una entrada al
aniversario del blog. El primer año tiene su gracia, a los cinco ya es una
cifra respetable, y siete…¿Realmente llevo siete años escribiendo y buscando
fotos de gatos según el tema? Si hubiera sido en papel, esto sería una saga de
siete libros mínimo. Y probablemente, protagonizados por Sabela, Narnia y
Dalek.
Del último año hice hace poco una lista sobre lo más
importante que había pasado o visto. Se quedaron fuera, por unos cuantos días,
el mencionar lo mucho que me divertí con Ash vs The Evil Dead, e incluso viendo
en el cine El despertar de la Fuerza. Y es que, si no fuera por internet y el
ver a la gente por la calle con smartphones, con estrenos como estos y lo
fuerte que ha pegado la nostalgia, en lugar de 2015 perfectamente podría ser
1985.
También ha sido uno de los años en los quemás movimiento han tenido las entradas de
obituarios, y especialmente, las que más me han dolido como lectora, como espectadora
y como persona a quien el trabajo de estas personas hizo muy feliz. No va a
haber más libros contando lo que pasa en Mundo Disco, y el creador de Freddy
Krueger no torcerá el morro ante el reboot de Pesadilla en Elm Street del que
ahora empieza a hablarse.
En resumen, un año más, y también algo más de cien entradas
sobre cine, libros, series, gaticos, y sobre todo, mi agradecimiento a todos
los que han pasado por aquí. Y en 2016, seguimos.
Después de ver el primer capítulo de la saga Evil Dead, me
faltó muy poco para salir a la calle dando voces de alegría y ponerme a
escribir sobre el regreso de Ash Williams y el Necronomicon. Preferí esperar a terminar
la serie, en el último caso, y en el primero, por suerte, me contuve. Habría
sido muy desconcertante para todo el vecindario…pero tres películas y un piloto
de cuarenta minutos que superaba mis expectativas lo hubieran justificado.
Han pasado 23 años desde el estreno de El ejército de las
tinieblas, donde el personaje de Ash se convertía en el héroe bocazas y muy de
dibujo animado que sería popular y donde aparentemente, no había ningún motivo
de guión para no continuar la serie. Hubo rumores y un montón de ficción
derivada de esta saga en forma de videojuegos y comics, pero esa cuarta
película no llegó a tener lugar. Lo que llegó en realidad fue una serie que,
pese a continuar la línea argumental, se saltaba por motivos de derechos todo
lo relativo a la narración para conservar únicamente a su protagonista como se
caracterizó entonces. Ash, el empleado de S- Mart (ahora Value Shop) conserva
de entonces su motosierra, una escopeta y un ejemplar del Necronomicon que
guarda en una caravana. Porque durante las últimas dos décadas y pico se ha
dedicado a mantener un puesto de trabajo que no va a ninguna parte, ligar con
todo lo que tenga faldas ya demostrar que el haber sido un héroe no implica que
sea inteligente, tras liberar de nuevo a los demonios al recitar unos cuantos
pasajes del libro intentando impresionar a una chica. No tan en forma como en
sus buenos tiempos, tendrá que abrirse paso disparando y troceando a todos los
cadáveres que intentan arrebatarle el Libro de los Muertos. Pero esta vez no está
solo: Pablo y Kelly, sus compañeros de trabajo, lo ayudan por distintos
motivos. Y una mujer, que asegura ser la hija del arqueólogo que descubrió el
libro, está convencida de que Ash es el causante de la vuelta de los demonios.
Cuando pasan muchos años desde la aparición de cualquier
ficción, sea película, libro o cómic, una secuela tardía no suele dar buen
resultado. O el original está demasiado idealizado por la nostalgia y parece
inigualable, o realmente estas continuaciones no están a la altura. Y, en
algunos casos, los propios autores evolucionan de forma distinta desde sus
primeras obras, de modo que su forma e intereses a la hora de contar una
historia va a ser muy distinta que hace treinta años. Por eso un trailer
bastante prometedor no era suficiente como para que confiara en una secuela que
había sido reconvertida a serie, hasta que el primer capítulo confirmó que, en
muy contadas ocasiones, estas secuelas funcionan. El guión ha sabido adaptarse
muy bien al hueco temporal, especialmente, en cuanto a su protagonista. El Ash
que aparece aquí es realmente el personaje original, que ha seguido una
evolución lógica, para la idea de la serie, durante este lapso de tiempo. El
personaje como tal fue desarrollándose mucho más en otros formatos, con lo que
el público tenía ya una idea de este a la que se ha respondido perfectamente: es
vago y desastroso desde un punto de vista cómico, sigue conservando sus frases
ingeniosas en todo momento y una actitud entre chuleta y rancia que a ratos
parece un poco de héroe de los cincuenta, y a otros, se hace evidente lo
absurdo de esta gracias a sus coprotagonistas. Es imposible imaginarse a otro
Ash que no sea el interpretado por Bruce Campbell, quien además de seguir en
forma para las secuencias más exageradas y de caricatura, demuestra sacarle
mucho partido a otros aspectos cómicos del personaje, como los años que le han
pasado por encima y la falta de luces que lo caracteriza.
La principal diferencia respecto a las anteriores secuelas
es el contar con más de un personaje principal. Si en las anteriores cualquier
otro parecía destinado a ser una víctima, esta es una entrega algo más coral,
donde además de cotar con dos coprotagonistas, hay otros personajes regulares
que aportan nuevos elementos a la trama. Resulta un poco difícil el que alguien
le de pie a un personaje como es Ash, sin caer en el papel de secundario
gracioso (porque en realidad, toda la serie es una comedia. Con muchas tripas y
sangre, pero comedia), o en comparsa para que el público más joven siga a un
héroe que pasa la cincuentena. Pero consiguen que tanto Pablo como Kelly tengan
caracteres dispares, útiles para la trama, y que se ganen la simpatía por
méritos propios. No pasa lo mismo con Fisher, la policía que parecía querer
servir un poco de nexo entre el mundo enloquecido de Evil Dead y el real, y que
al final se queda en un amago de interés romántico que no aporta mucho. El
papel de Lucy Lawless, exceptuando la diversión potencial que implica tener a
dos actores como ella y Bruce Campbell en una comedia gamberra, no es un aporte
contínuo: sus apariciones son más esporádicas, que bien sirven de enlace
también con las películas anteriores, y como posible giro de final de temporada
o enigma para la siguiente.
En cambio, hay algo que sí han mantenido y que ha sido el
mayor factor de éxito de la serie: es muy cercana al espíritu de las películas.
Estas empezaron como cine de terror al uso, y muy sangriento, y fueron
avanzando hacia el terreno de la comedia. El exceso de destripes, disparos y el
montaje acelerado sigue ahí, igual que el estilo mucho más artesanal de los
efectos especiales, que en ningún momento tienen un aspecto cutre pero sí
resultan mucho más tangibles y en consonancia con la saga. Y que hacen parecer
a los digitales, a los que recurren en algún momento, tremendamente
anacrónicos. Algo extraño, porque no es una producción que estuviera falta de
presupuesto.
Ha sido toda una sorpresa que la cuarta entrega de Evil Dead
no fuera una película, sino una serie. También con una distribución de la
duración un poco extraña pero acertada: el primer episodio de 40 minutos sirve
para interesar al público que, o bien estaba esperando esta secuela, o bien
tenía curiosidad por saber qué era. Y el resto, son episodios de media hora
escasa más propios de las sitcoms. Que, en algunos casos, saben a muy poco, en
la mayoría tienen la duración y dinamismo justo, y en algún momento aislado,
parecen un poco de relleno. Algo habitual en el formato de series, porque aún
contando con pocos episodios, es muy difícil que todos resulten brillantes.
Pero que no decepciona tras una espera muy larga, sino al contrario: el saber
que habrá una segunda temporada ha sido una gran noticia.