El verano se ha ido convirtiendo en un reducto de un par de meses en el que rebuscar entre colecciones de editoriales olvidadas, novelas de extensión muy limitada y portadas a base de fotomontajes con paisajes y fantasmón recortado. Pero también para recuperar las colecciones de relatos con menos intención temática que podríamos encontrar. La selección de Bruguera ofrecía desde las antologías de Kurt Singer troceadas, redistribuidas y con nuevos añadidos, y algunas con nombre y apellido donde la idea parecía ser “cuantos más cuentos quepan en un libro de bolsillo, mejor”. Estas, tituladas por la editorial como “las mejores historias de..”, podían respetar el material o aumentar su contenido, como pasó con Las mejores historias siniestras. En este caso, estos dos tomos parecen haberse mantenido como el original e incluso reconocer en su portada a sus editores, quedado el carácter un tanto caótico de estas ediciones, ya es mucho para quienes años después, intentamos rastrear la fuente original.
Forrest J. Ackerman. Las mejores historias de horror. Una selección del considerado padre del fandom moderno, fanático de los monstruos, del primer frikismo y cienciólogo a nuestro pesar, que recopila treinta cuentos sin más hilo que el ser recientes, sin recurrir (salvo el caso de Stoker) a clásicos. Lo de reciente se traduce hoy como “cosas publicadas entre los años 20 y 1968 como máximo),. Estos abarcan temas muy variados, pro la falta de ese hilo conductor: encontramos tanto relatos publicados en revistas Pulp, uno de la serie de Marte escrito por Clark Ashton Smith que sobresale entre el resto como siempre, y varios en esta rama sobre civilizaciones perdidas. Los cincuenta (de nuevo, no hay orden cronológico, aportando esa sensación divertidísima de “a ver que sale ahora) se caracterizan en su mayoría por su tono de advertencia y a menudo, un giro final en el que ese planeta destruido, primitivo o con seres salvajes no es otro que la Tierra siglos después de la temida guerra nuclear. En cambio, estos mantienen cierto carácter de fábula moral, no exenta de optimismo, en el que ese final puede ser una posibilidad si no hacemos caso al sentido común. Una atmósfera de “esto podría ser” que resulta sorprendentemente esperanzador para unos lectores que en el siglo XXI nos limitamos a esperar el meteorito en nuestro día más optimista.
Los giros finales son también un rasgo común en parte de los cuentos seleccionados de los cincuenta y sesenta: el invitado que resulta ser un vampiro, el anfitrión que es un asesino…e incluso una historia, tan breve como loca, en la que el conde Drácula se confunde de barco, escrito por W. S. Coburn. Textos muy breves y que dependen únicamente de esa sorpresa final. Y la presencia del rey de los vampiros no es una casualidad, porque tanto en el relato de Stoker como en la secuela no oficial de Stephen Vertlieb este vuelve a aparecer de nuevo.
El conjunto es tan variopinto como vintage, siendo habituales los vampiros y espectros, y las aproximaciones más originales son las de la época Pulp, apareciendo incluso un relato de Tennesse Williams ambientado en Egipto. Y también, cierto carácter único: aunque falten autores no anglosajones, siendo los únicos John Falnders y Walter Eckers (no es coincidencia que la antología se la dedique al editor belga Van Hageland), hay textos completamente inéditos, nunca publicados a posteriores o de autores que parecen seudónimos ¿Quién será esa Tigrina o Sathanas Rehan? Porque al menos dos relatos, uno con su nombre y el otro con seudónimo, son obra del propio Ackerman.
Además, esta no tiene su equivalente en inglés: fue recopilada por bruguera, lo que lo convierte en un pequeño incunable de cuentos perdidos y un prólogo donde Ackerman invita al lector a proponer ideas para antologías y a escribirle en esperanto si hace falta, idioma que admitía conocer. Ay, Forrest, si te hubieras quedado en los idiomas inventado en vez de las sectas magufas.
A. Van Hageland. Las mejores historias de ultratumba. Una selección de veintitrés relatos donde el hilo conductor es la presencia de los sobrenatural. La meno del muerto, los espectoros victorianos navideños, las historias de fantasmas más antiguas e incluso el Pulp y el fantastique se incluyen, de nuevo, en una antología sin criterio de fechas o todo, caracterizada por la presencia de muchos autores clásicos.
Van Hageland fue publicado varias veces por la editorial, con recopilaciones de cuentos por temas y bastante extensos: las mejores historias diabólicas, de fantasmas o de hechicería, siendo esta última la más breve, o antologías de ciencia ficción formaban parte de la sección fantástica de Libro Amigo de Bruguera.
En esta colección, recurre a los clásicos: Maupassant aparece un par de veces, un cuento muy extenso de Dickens, no falta Ambrose Bierce, Le Fanu, Poe e incluso Shakespeare, siendo evidente que la intención no era buscar la modernidad. En cambio, hay una mayor presencia de europeos, como John Flanders (Jean Ray, a quien todavía le sobraban días para escribir), Walter Beckers o Claude Seignolle, pudiendo asomarnos un poco a ese fantastique de entreguerras que aquí apenas hemos podido ver traducido.
Esta antología es mucho más breve que la recopilada por Ackerman, unas doscientas páginas menos donde se centra más en la literatura conocida y por suerte, en el fantastique continental aunque es posible leer algún cuento Pulp gracias a Seabury Quinn. Y aunque los autores más socorridos no sorprendan, ha pasado el suficiente tiempo (para que mentir, treinta años) desde que leyera, también en una de esas antologías al peso, La casa del juez de Stoker.
Aunque esta selección tenga un tono más tradicional, sigue manteniendo ese interés casi nostálgico y un poco caótico de relatos reunidos sin motivo aparente en un solo tomo, y cuanto más gordo mejor. Estoy segura que con estas colecciones sobrevivías al tren nocturno Coruña-Madrid y a los trasbordos que hicieran falta.



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