lunes, 16 de noviembre de 2015
Paul Féval y La ciudad vampiro. El folletín que se adelantó a su siglo
Si me cuesta mucho encontrar una comedia que me haga reír, más lo es encontrarla en el campo de la literatura. Cosas como los diarios de Bridget Jones me quedan muy lejos, Tom Sharpe a veces se pasa de cínico con todo y bueno, creo que aunque solo sea por curiosidad, debería al menos probar con algún libro de Jeeves. Cuando lo más cercano es Terry Pratchett, la idea de encontrar cómico un libro escrito hace un par de siglos puede resultar imposible. Pero más imposible parecía que un libro de 1860 ofreciera un humor absurdo que pareciera de ayer mismo.
Paul Féval padre escribía folletines. Hoy sigue siendo un nombre conocido en Francia, como lo es su saga de El jorobado, con el espadachín Lagardère, Los misterios de Londres, y en menor medida, Los dramas de la Muerte. Un autor especializado tanto en el género de capa y espada como el de la narración por entregas que un día decidió escribir una sátira de la novela gótica. Y así nació La ciudad vampiro. Esta, muy breve, sigue los pasos de una heroína sin nombre, a la que se refieren reverencialmente como "Ella", al igual que a muchos otros personajes, por el tema de proteger identidades al que Féval alude con mucha sorna. Ella no es otra que Anne Radcliffe, la autora de novela gótica quien, a su pesar (y demostrando no ser muy brillante. Como el resto de sus acompañantes, vaya), se embarca en una aventura digna de cualquiera de sus escritos. Esta empieza como una trama de herencias, intentos de asesinato y traiciones. Continúa incluyendo elementos sobrenaturales con la figura del vampiro como principal giro y termina en un viaje a través de Europa lleno de aventuras cada vez más desconcertantes, cuyos inicios y desenlaces parecen sacados de la manga, poblados por diálogos teatrales y mucha ironía con los estereotipos ingleses y la actitud victoriana ante el resto del mundo, que Féval no duda en explotar. Todo ello, como advierte la novela en un momento determinado, al son de la música de los guardas ecuestres ¿Raro, esto último? Pues es de lo más normalito que puede encontrar el lector de camino a Selene, conocida como La ciudad donde se refugian y tienen domicilio, los vampiros de toda Europa.
La novela surgió como una parodia del género gótico, estilo del que hoy apenas si se conservan algunos detalles estéticos. Porque, al igual que los propios folletines, ha envejecido tremendamente mal. Aunque la intención inicial no fuera la comedia, sino la sátira, hoy el efecto es el contrario: la historia ha ido tomando un poso de comicidad debido al uso de la parodia y especialmente, a un sentido del humor muy absurdo. Tanto, que este a menudo resulta moderno y sorprendentemente, muy cercano al inglés.
Los diálogos, al estar muy marcados por la intención satírica, no cuentan con demasiado ingenio, sino que están pensados para hacer evidente la intención caricaturesca de los personajes, que oscilan entre la heroína al uso y los secundarios con características más populares. Entre estos, quizá el más memorable sea la figura del criado irlandés, toda una recopilación de tópicos de la región que hoy fijo que no resultaba muy correcta, y que su principal característica consiste, por algún motivo (probablemente también haciendo mofa de algún estereotipo), el ganar las peleas a base de cabezazos. Y por supuesto, el villano, el vampiro conocido como el Señor Goetzi que se adelantó también unas décadas a los paseos de Drácula por Londres. Y que por cierto, tiene bastante más mala idea y es más pragmático que el creado por Stoker.
Estos personajes, y las situaciones, recuerdan en muchas ocasiones a los Monty Python, quizá en menor medida a los primeros libros de Pratchett por lo de centrarse en un género concreto, y sobre todo, en las descripciones, a la imaginería de Terry Gillian. Los pasajes como la llegada a la ciudad cuentan ante todo con humor, pero también de poesía, algo de pesadilla y cierto ensueño. además de un poco de mala idea. Porque lo de hacer chistes de vampiros y banqueros no es algo que se hubiera inventado en el último siglo.
La sensación que produce el libro, en general, es de desconcierto. Por encontrarse ante un tipo de situación y gags que no habría imaginado en un texto de la época, pero también porque lo alocado de su ritmo: de una página a otra los personajes aparecen, sin apenas caracterización en muchos casos que la de los tópicos locales, se ponen en marcha a la siguiente trama sin transición alguna y en general, se acaba notando esa intención de no ser una novela al uso sino el plantear un texto con intención satírica. Es precisamente esta falta de ambición la que supone el mayor fallo, y casi insalvable. En un momento dado, justo en el punto clave, el autor parece aburrirse y optar por el desenlace más rápido y fácil: el de concebir todo como una fantasía, haciendo que todo lo que había construido hasta entonces se quede en una broma menor para pasar el rato.
Aunque encontrar un desenlace así siempre acaba saboteando el conjunto, La ciudad vampiro es, de todas formas, una lectura que merece dedicarle su tiempo. Que no es mucho en realidad, porque es muy corta. Pero que una vez terminada, el lector puede quedarse con una historia llena de humor absurdo, bastante adelantada para lo que podía esperar, pero hoy también poco conocida. Tanto, que en mi caso, viendo Penny Dreadful, en más de una ocasión me acabé preguntando qué habrían hecho la Señorita Yves y Chandler si tuvieran que darse una vuelta por Selene.
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jueves, 12 de noviembre de 2015
Tales of Halloween. Una película y diez guiones.
He llegado un poco tarde a la película estrella de Halloween
este año, cuando esta llevaba días disponible
ofreciendo calabazas y banda sonora siniestra. Y un cameo de la voz de Adrienne
Barbeau como locutora de radio e hilo conductor de las historias que componen
la película, que además es toda una referencia a su papel en La niebla de
Carpenter. En realidad unos cuantos días de diferencia respecto a la fecha propia no son gran cosa, teniendo en cuenta que gran parte de lo que veo semana si y semana también es cine de terror.
Tales of Halloween recoge, a través de diez episodios, lo que sucede en un pueblo durante la víspera de Todos los Santos. Los cuentos locales para asustar a los niños se vuelven reales. El diablo puede ocultarse en cualquier lugar, incluso en un vecindario, y ser todo un capullo. Las almas en pena regresan para vengarse contra los vivos e incluso la decoración típica puede volverse el escenario de una guerra entre vecinos o ser algo más peligroso que una calabaza decorada.
La película no pretende ser terror al uso, sino ofrecer una visión muy amplia, tirando a gamberra, de la noche de Halloween. Tan variada como los diez directores y guionistas que participan. El humor negro, y a veces situaciones con mucha sal gruesa son las que tienen mayor presencia, junto a otras que son una aproximación a los relatos de fantasmas breves o a las leyendas urbanas. Los títulos de crédito animados, como si fueran un libro desplegable, son de esas secuencias que por sí solas se ganan media película, además de constituir una introducción mientras la voz de la locutora va anunciando todo lo que puede esperarse. Quien, curiosamente, es de esos casos en los que su papel se limita al de hilo conductor y no protagoniza ninguna historia al uso.
En realidad el interés de la película se queda más bien en sus créditos, la música pegadiza y en un total de tres historias. Tres de diez, nada menos. Lo que hace que el resultado sea irregular tirando a flojo. La opinión general era que la antología pretendía ser algo más bien alocado, primando el shock, la narrativa muy rápida y el humor bestia en lugar de lo clásico. Pero esto se lleva a cabo de forma muy poco cuidada.
Están ustedes entrando en Referencialandia. Abandonad toda esperanza quienes traspasen estas puertas
El primer relato se queda en un simple "la leyenda urbana resulta ser cierta y...chanchanchan!! ¡¡Todos son asesinados!!". El primer intento de humor negro se queda en algo bastante flojo y cuyo mayor guiño es un cameo de Adrianne Curry, por el apellido sobre todo, vestida de Lilly, el personaje principal de Legend. Y las venganzas sobrenaturales dependen demasiado del shock final como para ser historias más complejas. Hay que esperar hasta la quinta parte, mucho más clásica, para que la antología mejore, y donde demuestran que siete minutos de guión no impiden el poder crear atmósfera, un susto bien llevado e incluso contar con una protagonista todo lo bien caracterizada que permite el tiempo. Este nivel se mantiene por suerte en las dos últimas secuencias, donde, tanto el humor negro y la justicia poética en forma de castigo para dos secuestradores en prácticas, como las referencias al cine de monstruo y a los tópicos de Halloween, en el segmento de Neil Marshall, dan un cierre bastante digno. Aunque entre medias haya que pasar inventos que pretenden ser modernos y se quedan en el sinsentido o la copia.
Los mayores problemas , además de unos guiones muy apresurados en su mayoría, es un reparto de actores jóvenes que en su mayor parte no pasan de figurones que recitan sus líneas. Hay que esperar al cameo de Lyn Shaye, la médium de Insidious, para que el invel mejore y se pierda el aspecto de cutrez que se mantuvo los primeros cuarenta minutos. Igual esas interpretaciones acartonadas son intencionadas y una parodia de los defectos del cine de terror, pero no termino de pillarlo y además, demuestra que el segundo problema es precisamente, el exceso de referencias. En un film antológico, un guiño siempre se agradece, pero aquí se convierte en la norma: bien las interpretaciones forzadas, o bien por copiar abiertamente secuencias de películas y estereotipos muy conocidos, el humor que estos pretendían ofrecer se queda en nada. Pero al menos, se puede ir haciendo recuento de las películas y escenas reconocibles. O pensar que en los ochenta se hacían cosas mejores, según se tenga el día.
De Tales of Halloween había oído que "es un desbarre", "es muy de broma" o "tiene su gracia". Todas bastante acertadas porque, menos alguna excepción, todo pretende ser muy cómico, o muy bestia. No termina de funcionar esta idea, y la cosa se queda en algo muy irregular. Aunque han sabido aprovechar lo poco que tenían a su favor para que el resultado fuera algo más llevadero: dos de las tres mejores historias se quedan para el final, tras el que se recurre de nuevo a la animación de los créditos recordando la temática festiva de la cinta. Una forma bastante hábil de salvarla, aunque si la idea es verla pensando que es una nueva Trick ´r Treat, es preferible ahorrarse la hora y media.
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lunes, 9 de noviembre de 2015
Lecturas de la semana. Casos y cosas paranormales
Hoy las lecturas van de casas malditas. Y de testimonios dramáticos, de investigadores y sobre todo, de casos que en mayor o menor medida se han podido conocer gracias a sus versiones cinematográficas o a los documentales de fantasmas que se pueden ver de vez en cuando en el canal Mega. Ambos tienen sus años encima, de cuando estos casos paranormales hicieron furor y sus versiones autorizadas no se hicieron esperar. También a ambos se les nota el paso del tiempo e incluso las informaciones que surgieron con posterioridad sobre el tema, pero, en el fondo tienen su interés, y cierto punto similar a las meigas: igual no se cree, pero haberlas haylas.
Ray Garton
y Ed y Lorraine Warren. In a Dark Place. Aún falta un año para
Expediente Warren 2, pero los libros sobre el matrimonio de investigadores que
inspiró la franquicia empiezan, después
de haber estado desde los ochenta en saldos o descatalogados, a verse en
ediciones digitales. Y hay para rato, porque en su día debieron llegar a la
veintena, donde recogían o bien sus investigaciones más destacables, o casos
variados. Casos que ellos aseguraban que no tenían nada que envidiar a ninguna
película: allá donde iban ellos, aparecían demonios, posesiones y todo tipo de
fenómenos que no habrían desentonado en cualquier película de los ochenta.
En el caso de In a Dark Place, la comparación es bastante adecuada, porque su coautor es Ray Garton, un escritor de novelas de terror y de novelizaciones de cine y tv, quien, sospechosamente, reniega hoy de este libro y dice que de ningún modo debe considerarse como no ficción. El parecido continúa al darse un caso muy especial: los investigadores protagonistas no aparecen hasta la mitad, algo que se echa bastante en falta debido a la personalidad de estos. En su lugar se centra principalmente en narrar desde inicio a fin los supuestos fenómenos paranormales que vivió una familia tras mudarse a una casa que había sido antiguamente una funeraria. Este es bastante conocido como “Haunting in Connecticut”, y ha aparecido en un montón de reportajes sobre fantasmas y casas embrujadas de Estados Unidos.
Ahora, lo de
“no ficción”, incluso cuando este fue publicado, es muy relativo: si la
estructura de novela hace que se lea de una forma más sencilla, y menos en
serio que un reportaje, esta también tiene todos los clichés posibles del
género: los testigos que vivieron la historia a menudo parecen personajes
ficticios, hasta el punto de que los protagonistas de Insidious parecen menos
unidimensionales que un testimonio real. Pero precisamente esta intención de
ser una recopilación realista de lo sucedido, hace que esta mantenga en todo
momento un estilo muy simple, limitado a contar que los personajes van, vienen,
pero que unido a una estructura propia de una narración, hace que resulte
bastante pobre. Y que, por mucho que Garton proteste, tampoco es que diga mucho
de sus habilidades de escritor, porque es simple a más no poder. Se queda en
una curiosidad más, a falta de poder ver la próxima película.
Jay Anson. Aquí vive el horror. Amityville fue en su momento
un caso muy popular y controvertido en el mundo de las casas embrujadas, y
cuarenta años después, una franquicia que ha dado varias películas y
documentales. Es curioso que por un lado fueran los Warren algunos de los
investigadores que pasaron por la casa, pero que en cambio, su presencia se
haya obviado con el paso del tiempo y que incluso en este libro, su versión oficial,
apenas si se los mencione en el epílogo.
Es en este reportaje escrito donde se narra la llegada de la
familia Lutz a una casa marcada por un asesinato cometido hacía poco, y cómo
esta empieza a ejercer una influencia negativa en sus habitantes: el cabeza de
familia parece cada vez más huraño y desquiciado, la niña más pequeña de la pareja
cuenta con un amigo imaginario un tanto raro y todos coinciden en que hay algo
que les hace sentir incómodos y mal recibidos. Lo que viene a continuación son,
quizá un poco magnificados, los sucesos paranormales propios de muchas
historias sobre casas embrujadas: descenso de las temperaturas, cambios de
humor, sombras, manchas en las paredes…e incluso una asombrosa muestra de mala
baba por parte del fantasma en cuestión,
llegando a volver de color negro las tazas del WC de la casa (en lo que
probablemente sea un nuevo y pragmático nivel de maldad sobrenatural).
El estilo es el propio para llegar a todo el mundo y para no
ser demasiado exhaustivo: no tiene los detalles e información de un ensayo, pero
tampoco tiene la calidad artística de una novela: no busca acercarse al estilo
periodístico o a la creatividad literaria, sino una especie de calle de en
medio donde se relatan los hechos tal y como los aseguran sus testigos, quizá
buscando un poco el sensacionalismo y el interés del lector, que es el fin de
este tipo de lecturas.
A diferencia de otras ficciones derivadas del caso, esta se
supone que sería la oficial y verídica, con toda la simpleza en la narración
que esto implica, también por esto, un poco más libre de los excesos propios de
las versiones cinematográficas que se hicieron, muy marcadas por los gustos que
podía haber a principios de los ochenta y del 2000. Pero aún así, esta historia
verídica de Amityville y sus víctimas sigue manteniendo su interés, al margen
de su veracidad: su trasfondo, los testimonios y las investigaciones acaban
conservando algo de leyenda urbana, de caso que pudo ser o no, y que, si se
encuentra en un texto que cumpla un poco de corrección a nivel escrito, puede
ser una lectura curiosa ahora que han pasado sus buenas cuatro décadas.
jueves, 5 de noviembre de 2015
Lecturas de la semana. Antologías variadas. O no tanto
Desde el verano
llevaba bastante sin leer relatos cortos, y, si cuento desde entonces,
todavía más. Al menos, es lo que ha pasado con las que consisten en
recopilaciones con autores variados (porque en realidad, de gente como Thomas
Ligotti o Lovecraft apenas tienen algo más que no se considere cuentos). Pero
esta semana estaba, además de con ganas de leer algo de terror, con morriña de
una década concreta. Por eso acabé con
un par de antologías que tienen un par de cosas en común: ambas son del año 89,
época en la que era muy difícil ser más famoso que Stephen King y en que gran parte de esta narrativa
era tan o más serie B que las películas. Y ninguna de las dos tiene un
contenido común salvo el ser lo que el recopilador consideraba lo mejor del
género. Lo que en algunos casos va un poco con lo que gustaba en la década, y
otros, un tanto arbitrario.
The Mammoth
Book of Best New Horror. Esta antología con lo mejor del terror se edita
cada año desde el 89. Es bastante extensa, alcanzando unos 25 o 26 relatos, y
lo mismo ocupa dos páginas que incluso
lo que podría considerarse una novela corta. Gracias a esta idea de querer
juntar lo más sobresaliente del año, y su periodicidad, es bastante fácil ir viendo
cómo han cambiado los tópicos en el género, y de paso, qué autores se han
acabado haciendo un nombre y cuales se han quedado en solo un relleno. Además,
incluye un artículo sobre lo más reseñable que ha sucedido en el género
fantástico durante cada edición y una lista con los fallecimientos de autores y
cineastas, por lo que además de los cuentos, estos tomos son todo un anuario y
siempre resultan minimamente entretenidos.
Una vez leída, y comparada con las posteriores, como las de
principios del 2000, esta resulta bastante irregular: la mejor aportación es la
de Ligotti, junto a un relato largo de Karl Edward Wagner, quien escribió
varias novelas de Conan, que parece el comienzo de una novela de fantasía
urbana. El resto se quedan un poco entre la anécdota, lo olvidable, o en el
caso de Richard Laymon, en un texto malo con avaricia, pero por suerte,
bastante más corto que las novelas de este hombre.
El festín de las máscaras. La colección de terror de
Martinez Roca contaba al menos en un tercio con antologías de diverso origen y
de las que traducían sus títulos un poco como les daba la gana (los otros dos
tercios eran novelas que oscilaban entre lo entretenido y el taco para calzar
mesas). El típico ejemplo era la serie Horror, que podían ser recopilaciones
específicas o de alguna revista como Twilight Zone. El festín de las máscaras
es en realidad el tercer volumen de Masques, una antología de J. N. Williamson
sin demasiada periodicidad que llegó hasta mediados del 2000.
En general esta resulta bastante mejor comparada con la
anterior. Esta se ha distribuido en distintos aspectos, separando entre los
relatos de corte más clásico, los que tratan miedos y aspectos más modernos y
el terror psicológico. Y la gran parte de estos resultan bastante divertidos.
Algunos por lo original y por su humor extraño, como un concurso de deletreo
llevado al extremo en el de Adobe James y otros por conseguir una situación
realmente angustiosa sin un solo elemento sobrenatural, como El cráneo de Diane
Taylor. Hay una parte a la que solo se le puede reconocer que son flojos, y
donde parece que el autor tiene que hacer aparece un monstruo como sea. Esta
última parte por desgracia aún es abundante, aunque la mayoría, leídos hoy,
tienen hasta un punto gracioso y todo, por esa intención tan evidente de ser un
relato de terror al uso cuando en realidad, no pasan de ser una anécdota. Pero
al menos una anécdota simpática.
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lunes, 2 de noviembre de 2015
Last Shift (2015). Los fantasmas de la comisaría.
Hay muchas películas sobre casas encantadas. También hay
hoteles, hospitales embrujados (si son psiquiátricos, mejor), e incluso barcos
malditos. Pero otros edificios administrativos no tienen tanto tirón
sobrenatural, salvo en los reportajes de Milenio 3 sobre ayuntamientos y
delegaciones con poltergeist. Por eso un lugar tan ligado al cine de acción,
como podría serlo una comisaría, parecía el menos indicado para rodar una de
fantasmas. A menos que se pudiera recurrir al escenario y el momento adecuado.
Last Shift es el último turno que una policía novata debe
cubrir en una comisaría, ya vacía, antes de que esta cierre sus puertas por
última vez, después del traslado de su personal al nuevo edificio. Estas
últimas horas no parecen un trabajo difícil: las llamadas de emergencia han
sido desviadas al nuevo centro y Jessica, la nueva agente, solo debe esperar a
la llegada del equipo que se llevará del local el material restante. Pero este
tiempo será suficiente para mostrar que en esa comisaría sucedían cosas
extrañas: sombras y pasos empiezan a escucharse por los pasillos, mientras el
teléfono empieza a recibir llamadas de auxilio. Fenómenos que, según se
rumorea, tienen que ver con la noche en la que un grupo de adoradores del
diablo fue detenido y encerrado en esas mismas celdas.
La parte más atractiva del guión es el escenario mismo: uno
en el que generalmente sería imposible plantear una historia de terror
sobrenatural, pero que en este caso, se ha presentado de forma muy acertada. Y
en el que consigue crearse tensión de manera progresiva: los primeros momentos
cuentan con una explicación lógica, pero no por ello menos intrigante, como la
aparición de un vagabundo al que la protagonista debe detener. Y la propia
historia, o el trasfondo de esta, se presenta de una forma tan simple como que
un transeúnte cualquiera pueda hablarle de esta, sin que sea necesario ofrecer
demasiados datos o recurrir a la típica escena de investigaciones y papeleos
porque sí. Además, estos dos detalles, a medida que avanzan, funcionan aún
mejor al verse con cierta ambigüedad sobre su veracidad o no.
Todo el aspecto sobrenatural se ha tratado con bastante
corrección: se nota que la película cuenta con pocos medios, cosa que se
soluciona bien gracias a lo limitado de los escenarios y del número de actores.
Y que se presenta todavía mejor al contar con una buena fotografía, de modo que
el acabado es bastante profesional. Al igual que lo relativo a la parte
fantástica, al menos durante un buen rato: esta se soluciona con elementos
simples como enfoques, parpadeo de luces y mobiliario que se cambia de sitio.
Algo que, en realidad, podría ser parte de cualquier leyenda urbana sobre
edificios donde pasan cosas raras. En cambio, en cuanto se entra de lleno en lo
terrorífico, funciona a medias: se nota que tienen que sacar algo físico para
justificarla como película de terror, y no faltan algunas secuencias con
flashbacks donde aparece la historia de los sectarios o unas cuantas apariciones
de fantasmas, muy directas y bastante pensadas para meter sustos de forma
inmediata. Si la primera parte es la mejor, la siguiente tiene elementos
interesantes, como las llamadas gracias a las que se obtiene información, y
otros más tópicos, como todo lo relativo a los flashbacks.
Como gran parte de las historias de fantasmas en las que
cuentan con un único personaje, esta también viene marcada por el componente
psicológico de la protagonista: la figura del padre, también policía, y muerto
en un tiroteo, que determina tanto sus decisiones como tiene una presencia
importante en la historia de lo que sucede en la comisaría. Este aporte es
también uno de los más interesantes al poder plantear el guión de una forma
mucho más subjetiva, donde si bien parece que los elementos sobrenaturales son
ciertos, se mantienen muchas dudas acerca de lo que la protagonista vive
durante su turno: según avanza la historia va quedando menos claro si su
comunicación con otras personas, o los encuentros con estas, han sido ciertos o
parte de una ilusión que se mantiene hasta el desenlace.
Last Shift es una de esas películas de aspecto pequeño y
simple, pero muy original por su escenario y por la forma de desarrollarlo.
Gracias a esto, se mantiene el interés durante todo el metraje, y va
aumentando la tensión e inquietud que se
crea en los primeros minutos. No se puede decir que sea una película propia
para octubre o para Halloween porque no tiene ningún elemento que la distinga
sobre esto, salvo el terror como aspecto en común. Pero precisamente por su
temática y lo adecuado de los sustos en la mayor parte del metraje, hace que
fuera una buena opción para el 31 de octubre.
Además, esto último implica que este domingo fue 1 de
noviembre. Y el Día de todos los santos en mi casa solo puede significar una
cosa:
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La película del sábado
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