Si el cine es un reflejo de la forma de pensar de cada época, esto también se muestra en la forma en la que abordan determinados temas. De los setenta, la época del final del sueño americano, conservamos aproximaciones al Final como las distopías de Charlton Heston, donde la sobra de la guerra nuclear, la escasez y las enfermedades eran un tema recurrente. En los ochenta llegarían historias tan aterradoras como pesimistas y reales como Threads y El día después. El siglo XXI, en esta segunda década prevalece la idea de que nuestra seguridad se mantiene sobre pilares muy frágiles, sumado a esa sensación general de que todo se está desmoronando, y de vivir a crédito de los recursos futuros. Y eso, si es que hay alguno. Un entorno también propicio para explorar cualquier hipótesis sobre el fin del mundo. La diferencia en este caso, es la de un cine mucho más pesimista, donde la tónica general es más cercana ala resignación y borrado total de melancolía que a la esperanza que albergaba The Omega Man. Una idea que Matias Ripau tomaría en un guion donde ese Final es visto desde una perspectiva más reducida e intimista.
Varios días después de que algo sucediera, un hombre solo se refugia en su coche de una lluvia que no ha parado de caer desde entonces. terminada su última reserva de agua, escucha de nuevo en su teléfono los mensajes de audio de una mujer, desde su aviso de evacuación a los anteriores, donde todo parecía normal. La necesidad de supervivencia le lleva a entrar en uno de los edificios abandonados, en busca de comida y quizá una batería para hacer funcionar su vehículo. A lo lejos, entre las luces del cielo, unas gigantes cas criaturas deambulan en el horizonte. En el interior del edificio, unos seres capaces de imitar el sonido humano atraen y matan a todos los que se acercan engañados por ellos. Es ese lugar donde Bannon encuentra una radio, las indicaciones para sintonizar una frecuencia y al otro lado de esta, una voz que le ofrece su ayuda y quizá , la posibilidad de escapar.
La película recurre a una hipótesis ambigua en la que el final llega por un motivo externo. De este, representado mediante las criaturas, muy parecidas a los alienígenas de Cloverfield, los colores anómalos del cielo y una lluvia concebida como algo anormal, juega a no decir nada pero utiliza elementos reconocibles para el público: tanto una invasión alienígena como esa llegada de loso primigenios imaginados por Lovecraft. Esa explicación es algo secundario, siendo suficiente el uso de un imaginario moderno o las hipótesis de los personajes, quienes en un momento dado, hacen referencia a la tradición cristiana.
Esta atmósfera a es uno de los principales atractivos de la película: las secuencias nocturnas de la primera parte, los eres que aparecen de manera puntual y muy dosificados, así como los interiores destruidos en los que se adivina que fue un lapso de tiempo muy breve, sirven de marco al periplo de un protagonista aferrado a unos o pocos objetos que hacen sospechar que hay algo que no concuerda con él.
Junto al uso de escenarios reconocibles, también es un acierto el empleo de la tecnología moderna. En este caso, el teléfono móvil se utiliza como una forma de reproducir esos últimos momentos de normalidad y aportar algo más de trasfondo al personaje principal (aunque es curioso que tras más de quince años de smartphones, la mejor forma de integrarlos en una narrativa sea despojándolos de capacidad conectiva). Un objeto recurrente en toda la trama que acompaña al protagonista y se convierte en un indicio real de la pesadilla y visiones que este vive a lo largo de la historia: el apartado onírico, orquestado de forma que tenga un carácter premonitorio en el desenlace, es quizá lo que resulta menos integrado en una historia marcada por lo personal y la ambigüedad. No llega a quedar claro si es un indicio que algo falla en la cabeza del personaje principal o solo un intento de acentuar las consecuencias personales de despojar a un ser humano de todo lo que creía real.
Al margen del intento de combinar el escenario con las secuencia oníricas, las caracterización de Bannon, este personaje identificado únicamente por el apodo con el que se presenta, se lleva acabo de forma más efectiva paralelamente a la trama. Esta opta por un escenario muy pesimista, donde la falta de información va acompañada de la sospecha de lo que sucede es a nivel global, pero donde no hay esperanza: las interactuaciones de Bannon son únicamente para obtener algo a cambio, se a con su interlocutor de radio, peleando con otro superviviente con el que no es capaz de entablar ni una colaboración o aprovechándose de las provisiones y delirios de quien ha enloquecido. Un escenario que opta por el hecho de que el hombre sea un lobo para el hombre con todas sus consecuencias, y que resulta inquietantemente creíble.
La trama se divide en dos partes, siendo la primera la más efectiva en cuanto a ritmo y escenario, y una segunda en la que se da un descanso a ese entorno urbano de lluvia para centrarse en los dos personajes y en el aspecto más personal de la historia, pero también en la ambigüedad que intentar mantener en todo omento con respecto a la naturaleza de su protagonista. Y donde se hace patente uno de los defectos del guion: mientras los momentos de soledad funcionan mucho mejor, los diálogos son artificiales, más cercanos a los de un intento de ser una producción internacional que a una historia de supervivencia y desolación que pretende ser.
Con todo, y quizá con la referencia a ese abismo que devuelve la mirada en el título, l a película de Rispau es una propuesta de cine apocalíptico tan prometedora como irregular , pero también diferente a las habituales.





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