El pulp es un género capaz de provocar una sensación bastante extraña de falsa nostalgia: de la del tiempo que no se ha vivido, pero que por algún motivo, añoramos. Esa sensación de que todavía quedaban lugares d por descubrir, tanto en la geografía del planeta como en el espacio, la falta de prejuicios y de cierta libertad creativa dentro de las normas pautadas para que un relato fuera adquirido y publicado por la revista correspondiente. Pero estas historias, además de mirar en su mayoría, hacia adelante (y de las que nos ha llegado afortunadamente, solo lo bueno. Solo hace falta leer Los hombres topo quieren tus ojos de Valdemar para comprender que no todo el campo de Weird Tales era orégano), eran capaces también, de recrear un pasado mítico, tan improbable como cualquiera de los relatos ambientado en el siglo XX y siguientes. . La edad media, tan fantástica como poblada de monstruos en la que la castellana Jiriel de Joiry vivía sus aventuras surgidas de la imaginación de Catherine L. Moore. El pasado, tan brutal como admirable, en el que Robert E. Howard escribió sobre las hazañas de Solomon Kane, de Bran Mak Morn... Pero yendo, todavía más lejos, la Era Hiboria en la que Conan llegó a ser rey.
Imposible hablar de l aliteratura pul y de Howard, sin mencionar a H. P. Lovecraft, quien vivió prácticamente sumergido en esa nostalgia por el mundo clásico, por la antigua Inglaterra... y con ellos, el que sería uno de los escritores cercanos a H. P. L. cuya carrera literaria terminaría relativamente pronto, no por los motivos que cortarían en seco la de los dos primeros, sino por una deriva de sus intereses hacia las artes plásticas, pero que durante esa década sería el autor de varios ciclos de relatos. Desde su aportación a los que posteriormente se convertirían en los Mitos de Cthulhu, las historias ambientadas en el reino de Averoigne, hogar de druidas, vampiros y hechiceros...y el continente más antiguo, uno ya olvidado hace milenios y del que solo conoceremos lo que Smith escribió, formando una serie de histerias oscuras, cuya atmósfera fatalista sería muy distinta, y más retorcida, que los héroes hiborios de Howard.
Zothique, el continente perdido, un mundo muerto y enterrado hace milenios, es el hogar de nigromantes, reyes decadentes y princesas ambiciosas. Pero también de quienes olvidaron sus vidas pasadas como monarcas, de amantes condenados a la tragedia y de héroes. Cada uno, protagonista o villano de su propia historia, separado del resto por la distancia y o los siglos. Porque el eje central no son los héroes, cuya presencia solo es un instante en una historia olvidada, sino ese continente que
Este es uno de los ciclos de relatos de Clark Ashton Smith. Conocido por formar parte del círculo de Lovecraft, el autor nacido en California desarrollaría un estilo con un mayor sentido de la estética, más descriptivo (en sus últimos años se centró más en la pintura y escultura), y más cuidado que Robert E. Howard, aunque compartiera con este y con H. P. L. el interés por ese mundo pretérito imaginario. El de Smith, en cambio, bien fuera el reino medieval de Averoigne o este Zothique, se centra en narraciones ambientadas en un lugar común y no en personajes recurrentes. En este caso, un continente desaparecido, donde la magia, especialmente la nigromancia, era algo real.
Los relatos de este ciclo se caracterizan por su estilo decadente, donde las atmósferas, detalladas y sobrecargadas son lo más importante. Todo tiene un aspecto lujoso, pero a menudo excesivo, y en muchos casos, decrépito. Desde una isla donde la tortura es una diversión, un reino gobernado por nigromantes y formado por súbditos muertos y reanimados, magos y adivinos cuyos descubrimientos, por error o codicia, son conducidos a un destino terrible. Muchos de estos relatos cuentan con cierta justicia poética donde sus personajes, villanos o carentes de moral, son castigados por un destino que ellos mismos han buscado. Una fatalidad que no siempre proporciona esta sensación de justicia: varios de sus cuentos se caracterizan por el tono trágico, el del inocente cuyo descubrimiento lo lleva a la infelicidad. Como es el caso de Xeethra, la historia que abre la antología y cuya naturaleza será muy distinta a el imperio de los nigromantes, la isla de los cangrejos o El jardín de Adompha.
Los relatos, aunque cuentan con un escenario común y un estilo similar, muestran una mayor variedad y en ocasiones, concesión al pulp, medio para el que fueron escritos. El abad negro de Rothuum e su una aventura clásica, de espada y brujería, con dos héroes cuestionables y una doncella a la que salvar. El dios de los muertos, además de aparecer una deidad que se utilizaría posteriormente para juegos y pastiches relacionados con los mitos de Cthulhu, supone un desenlace feliz para unos protagonistas que son poco más que testigo de la narración.
Pero todas, en su conjunto, tienen ese tono pausado, un estilo más interesado en la atmósfera que en la acción, y esa decadencia a la que Smith era aficionado, en el que sugiere más que muestra pero que es suficiente para que el lector pueda imaginar el mundo de Zothique. Toda una rareza para el pulp, mucho más caracterizado por el dinamismo y la simpleza, donde la acción era lo primero a la hora de atraer al público. Pero al cual, es gracias entender por qué Smith sería uno de los escritores lo bastante afortunados y dotados de talento, como para ser recordado.