Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 3 de abril de 2025

Zothique (Clark Ashton Smith). Civilizaciones perdidas, decadencia y papel de pulpa

 


 El pulp es un género capaz de  provocar una sensación  bastante extraña de falsa nostalgia:   de la del tiempo que no se ha vivido, pero que por algún motivo, añoramos. Esa sensación   de que todavía  quedaban lugares d por descubrir, tanto en la geografía del planeta como en el espacio, la falta de prejuicios y de  cierta libertad creativa dentro de  las normas  pautadas para que un relato fuera adquirido y publicado por la revista correspondiente.  Pero estas historias, además de mirar en su mayoría, hacia adelante (y  de las que  nos ha llegado afortunadamente, solo lo bueno. Solo hace falta leer Los hombres topo  quieren  tus ojos de Valdemar  para comprender que no todo el campo de Weird Tales era orégano), eran capaces también, de recrear  un pasado mítico, tan improbable como cualquiera de los relatos ambientado en el siglo  XX y siguientes. .  La edad media, tan fantástica como poblada de  monstruos en la que la castellana  Jiriel de Joiry  vivía  sus aventuras surgidas de la imaginación de Catherine L. Moore.  El pasado, tan brutal  como admirable,  en el que  Robert E. Howard  escribió  sobre las hazañas de Solomon Kane, de Bran Mak Morn... Pero yendo, todavía más lejos, la Era Hiboria en la  que Conan  llegó a ser rey.  

Imposible hablar de l aliteratura pul y de Howard, sin  mencionar a H. P. Lovecraft, quien  vivió prácticamente sumergido en esa nostalgia por el mundo clásico, por la antigua Inglaterra... y  con ellos, el que sería uno de los escritores  cercanos a H. P. L.  cuya carrera literaria terminaría relativamente pronto, no por los motivos que cortarían en seco la de los dos primeros, sino por una deriva de sus intereses hacia las artes plásticas,  pero que durante esa década sería el autor de varios ciclos de relatos. Desde su aportación a los que posteriormente  se convertirían en los Mitos de Cthulhu, las historias ambientadas en el reino de Averoigne, hogar de druidas, vampiros y hechiceros...y el continente más antiguo,  uno ya olvidado hace milenios y del que  solo conoceremos lo que Smith escribió, formando   una serie de histerias oscuras, cuya atmósfera  fatalista sería muy distinta, y más retorcida, que  los héroes hiborios de Howard. 


Zothique, el continente perdido, un mundo muerto y enterrado hace milenios, es el hogar de nigromantes, reyes decadentes y princesas ambiciosas. Pero también de quienes olvidaron sus vidas pasadas como monarcas, de amantes condenados a la tragedia y de héroes. Cada uno, protagonista o villano de su propia historia, separado del resto por la distancia y o los siglos. Porque el eje central no son los héroes, cuya presencia solo es un instante en una historia olvidada, sino ese continente que 


Este es uno de los ciclos de relatos de Clark Ashton Smith. Conocido por formar parte del círculo de Lovecraft, el autor nacido en California desarrollaría un estilo con un mayor sentido de la estética, más descriptivo (en sus últimos años se centró más en la pintura y escultura), y más cuidado que Robert E. Howard, aunque compartiera con este y con H. P. L. el interés por ese mundo pretérito imaginario. El de Smith, en cambio, bien fuera el reino medieval de Averoigne o este Zothique, se centra en narraciones ambientadas en un lugar común y no en personajes recurrentes. En este caso, un continente desaparecido, donde la magia, especialmente la nigromancia, era algo real.

Los relatos de este ciclo se caracterizan por su estilo decadente, donde las atmósferas, detalladas y sobrecargadas son lo más importante. Todo tiene un aspecto lujoso, pero a menudo excesivo, y en muchos casos, decrépito. Desde una isla donde la tortura es una diversión, un reino gobernado por nigromantes y formado por súbditos muertos y reanimados, magos y adivinos cuyos descubrimientos, por error o codicia, son conducidos a un destino terrible. Muchos de estos relatos cuentan con cierta justicia poética donde sus personajes, villanos o carentes de moral, son castigados por un destino que ellos mismos han buscado. Una fatalidad que no siempre proporciona esta sensación de justicia: varios de sus cuentos se caracterizan por el tono trágico, el del inocente cuyo descubrimiento lo lleva a la infelicidad. Como es el caso de Xeethra, la historia que abre la antología y cuya naturaleza será muy distinta a el imperio de los nigromantes, la isla de los cangrejos o El jardín de Adompha.

Los relatos, aunque cuentan con un escenario común y un estilo similar, muestran una mayor variedad y en ocasiones, concesión al pulp, medio para el que fueron escritos. El abad negro de Rothuum e su una aventura clásica, de espada y brujería, con dos héroes cuestionables y una doncella a la que salvar. El dios de los muertos, además de aparecer una deidad que se utilizaría posteriormente para juegos y pastiches relacionados con los mitos de Cthulhu, supone un desenlace feliz para unos protagonistas que son poco más que testigo de la narración.

Pero todas, en su conjunto, tienen ese tono pausado, un estilo más interesado en la atmósfera que en la acción, y esa decadencia a la que Smith era aficionado, en el que sugiere más que muestra pero que es suficiente para que el lector pueda imaginar el mundo de Zothique. Toda una rareza para el pulp, mucho más caracterizado por el dinamismo y la simpleza, donde la acción era lo primero a la hora de atraer al público. Pero al cual, es gracias entender por qué Smith sería uno de los escritores lo bastante afortunados y dotados de talento, como para ser recordado.

jueves, 27 de marzo de 2025

A. J. Raffles (E. W. Hornung). El ladrón honorable

 


En muchos casos, la literatura popular aguanta bastante mejor el paso del tiempo y si no, es un reflejo muy fiel   de lo que preocupaba o interesaba a la gente hace ya más de cien años.  Generalmente pensamos en el folletín (especialmente, en Francia y su profusión de enmascarados y túneles subterráneos), y en el optimismo y sencillez del pulp. Pero las publicaciones británicas de finales del siglo XIX supusieron un referente posterior para el género de aventuras, y la aparición de una serie de personajes que, bien, por su nombre propio o por sus características, influirían en la ficción posterior.


Bajo la  apariencia de un hombre despreocupado  y sin más intereses que el cricket, se esconde, en Arthur J. Raffles, un consumado ladrón que se toma cada uno de sus delitos como una mera estrategia deportiva. En el momento de la narración de sus aventuras, este se encuentra a compañado por Harry Bunnny Manders, un antiguo compañero de escuela, caído en desgracia  y al que este salva del suicidio ganándose un cómplice y un narrador de sus hazañas. Estas, para desgracia de Manders, ahora convertido en cómplice a su pesar,  consisten en distintos golpes en los que los robos se llevan a cabo en entornos en los que nadie sospecharía de su autor. Reuniones de aficionados al cricket, clubes sociales e incluso  un viaje en barco. Pese a la reticencia de su  socio a ser partícipe, estos se caracterizan por cierto sentido de la justicia: Raffles nunca se  manchará las manos de  sangre inocente y en muchos casos, sus víctimas  han conseguido sus fortunas mediante delitos peores que el robo.


Reconozco que el nombre de Raffles me  sonaba  al principio por el personaje de 13 Rue del Percebe  y no por el original de Hornung, desarrollado a partir del  arquetipo de caballero ladrón que, si bien para el público será mucho más conocido  mediante Arsène Lupin, sería la referencia que Maurice Leblanc utilizó para su personaje.

El autor crea, a lo largo de varias narraciones (el libro, The  Amateur Cracksman  es una recopilación de textos cortos,  y en el que abarca la historia completa), una especie de reflejo delictivo de Sherlock Holmes: igual de  brillante, este cuenta con un asistente y narrador, así como un agente de las fuerzas del orden que aparece de forma recurrente. Salvo que Raffles es mucho más pragmático, menos  cerebral  pero también más amoral. Su relación con Manders es mucho más desigual, tratándolo a menudo con ironía y condescendencia mientras este, en muchos casos, se ve como una víctima de las circunstancias arrastrado al delito. Del mismo modo, Mackenzie es eses policía que  jamás logrará capturarlo. Esta personalidad no está libre de tener una parte más positiva. Raffles es capaz de reconocer el valor y la ayuda que su socio le presta,   no duda en ayudar a aquellos que se han visto  obligados a cometer un delito llevado por la desesperación  o la codicia de otros, como en A Willful Murder. E incluso, pese a delinquir sin violencia,  es capaz de vengarse de enemigos tan despiadados como el noble italiano que en uno de los capítulos, asesina a la mujer que ama. Esta última situación es al que muestra el lado más humano del protagonista, y también el más cargado de emotividad y defectos, formando parte de unas serie de relatos que mantienen cierta continuidad entre sí. A lo largo de cinco historias, en las que Hornung hace desaparecer a su personaje de una  forma similar a Holmes  en las cataratas de Reichenbach, desde The  Gift of the Emperor, Non secure, Jubilee Present y The  Last Laugh. A lo largo de estos, tras ser descubierto como culpable en un crucero, su estancia en un pequeño pueblo de  Italia, y su enemistad con un conde que mantiene relaciones con la Camorra.

Esta trama, además de contrastar con los primeros relatos, independientes entre sí y  con un carácter más autoconclusivo, refleja esa visión exótica que parecen tener en la isla de su continente vecino: Italia  aparece como un lugar pacífico,  pero demasiado simple, quizá poco ambicioso en comparación con la eficiente Inglaterra, que no está libre de costumbres  un tanto bárbaras y peligrosas para  los ciudadanos del Imperio británico como   esos miembros de la Camorra que se infiltran en territorio inglés para llevar a cabo su venganza. Del mismo modo, la mujer  de la que Raffles se enamora (su pérdida supone el punto de inflexión y comienzo en una evolución del personaje) es una joven italiana, mucho más libre que las damas inglesas que describe en comparación, y en especial, de la mujer con la que se compromete posteriormente, y cuyos planes  para liberarse de ese potencial matrimonio constituyen una de las últimas aventuras,  en las que mantiene un tono más cómico.

El carácter  anti heroico del personaje choca con el destino  que  Hornung decide darle: este, alistado en la segunda guerra de los Boers, fallece en el campo de batalla no sin antes desenmascarar a un espía enemigo. Un final aparentemente redentor que poco tiene que ver con el Raffles de los primeros relatos  aunque seguramente desconcierte, por el tono e intención, al lector actual: nos siguen engañando en muchos casos, pero ahora, por suerte, lo de morir por la patria ya no cuela. Un final que no impediría que, al igual que Holmes, este reapareciera en novelas posteriores, siendo el personaje más famoso de Hornung. El paralelismo con el detective no termina aquí, ya que ambos autores no solo  no solo crearían unos personajes que pueden verse como reflejos opuestos, sino que se conocían y eran nada menos que cuñados. No sé cómo se llevarían ambos, pero me gusta pensar que esta ha sido el primer “quita que lo hago yo” entre hermanos políticos del que hemos sacado algo bueno.  




jueves, 20 de marzo de 2025

Manuscrito encontrado en Zaragoza (1965). El cuento gótico

 


 Lernet –Holenia, en Marte en Aries, afirmaba en boca de uno de sus personajes que los relatos más autétni9cos quizá sean aquellos que no son del todo  fantásticos ni del todo lógicos, porque toda nuestra vida transcurre en ese interregno. Si bien la frase define muy bien al fantástico continental del siglo XX, esta tradición  es mucho más antigua. El romanticismo abrazaba abiertamente la aceptación de lo fantástico, la reimaginación del pasado e incluso de escenarios, entonces lejanos, considerados exóticos. Influencias que Jan Potocki empleó para la escritura, en 1809,  de su Manuscrito encontrado en Zaragoza. La novela, casi mil páginas en su edición más extensa,  retomaba la tradición de narraciones encadenadas   a la manera del Decamerón o Los cuentos de Canterbury. Una obra extensa,  donde cada relato  formaba parte de un todo, y cuya adaptación parecía una tarea ambiciosa. Hoy, quizá imposible.  Pero no  tan compleja en 1965,  cuando  Wojciech  Has se atrevía a adaptarla en un largometraje  en que, lejos de ser una versión lineal, era moldeada  según la necesidad de la narrativa  cinematográfica,  consciente de la imposibilidad de trasladar su totalidad a la pantalla.


Durante la Guerra de Independencia,  un oficial del ejército francés descubre, en una mansión de Zaragoza, un  manuscrito adornado con extrañas ilustraciones. Este, fascinado con su lectura, olvida incluso a los guerrilleros que los rodean y que también se unen a la lectura del tomo. Uno de ellos lo reconoce como un texto escrito por su antepasado, Alfonso van Worden, oficial de la Guardia Valona que en su camino a Madrid atraviesa  una Sierra Morena espectral, poblada por los fantasmas de bandoleros ejecutados y por dos hermanas moriscas que afirman que, como descendiente de los Gomelez y pariente de estas, está llamado a vivir aventuras muy distintas a las de un oficial de la corte.  Embrujado por los espectros que pueblan Venta Quemada, perseguido por la Inquisición, este será solo una pequeña parte  de las aventuras que  aguardan a Alfonso, cuya historia se mezclará con las narraciones con los personajes que encuentra en su viaje: Pacheco, el endemoniado, el cabalista e incluso El Judío Errante,  son una parte más de la historia que Alfonso plasmará, para sus descendientes, en un manuscrito cuyo origen es mucho más antiguo.



La película fue rodada en blanco y negro, muy contrastado, en el que se marca la luminosidad y los escenarios para poder mostrar el detalle de estos. Algo que ya se anuncia en los créditos iniciales, acompañados por ilustraciones surrealistas muy minuciosas, que  preludian esa misma atención  que se presenta al escenario. Este, con  exteriores desérticos, nada menos que una parte de los Cárpatos haciendo e pasar por los Riscos de Sierra Morena, de cabañas de piedras ruinosas, cuevas donde se alojan moriscas y hechiceros, aparecen sembrados de calaveras y huesos, un peculiar osario al aire libre que ninguno de los personajes les provoca extrañeza y se completa  con los cadáveres ajusticiados que durante la primera parte, serán el punto de referencia del comienzo y final de los sucesos y ensoñaciones que vive el protagonista el escenario  toma así un carácter irreal, el desea España imaginaria de bandoleros , princesas árabes, de inquisidores enmascarados que poco se parecen a la auténtica (del mismo modo, el Retiro que aparece en la segunda parte poco tiene que ver con el verdadero). No pretenden recrear la realidad, sino la de los personajes y al que  Potocki recreaba en su texto.


Esta mantiene la estructura de relatos de la original, aunque sintetizando u optando por un  tono distinto al texto.  Estos se narran de forma encadenado, comenzando el con el texto  que aparece en el preludio para dar paso a la historia principal de Alfonso, en la que se mezcla su propia biografía, narrada por él, la de su familia, pero también la historia de otros personajes. Pese a lo aparentemente enrevesado, el guión marca el ritmo de forma que es difícil perder el hilo en cada historia que se sucede. Como  en el caso de Pacheco, cuya historia resultará, en tema y escenario, paralela a la del propio Alfonso. Es también con este personaje con el que se hace patente, por momentos, el humor con el que también cuentan los segmentos que va mostrando la película. Este, capaz de abandonar en un abrir y cerrar de ojos  su comportamiento de endemoniado para referir  con calma los hechos que lo llevaron a su situación actual. Por no mencionar la comicidad involuntaria que supone el escuchar, en polaco original, a los actores que pronuncian su nombre  y palabras sueltas en castellano con mucha  vehemencia…ante todo, el humor de niño de cinco años, que no nos falte nunca.

El metraje se divide expresamente en dos partes (algo habitual en las producciones de la época en cuanto superaban las dos horas). Marcando también el cambio de escenario. Mientras la primera parte se mueve entorno a las localizaciones de esa venta espectral, lo sobrenatural y la recreación de una España del siglo de oro casi salvaje, llena de fantasmas, bandoleros e inquisidores , la segunda, acompañada de los dos nuevos personajes,  se traslada a la villa de Madrid, adquiriendo un tono más cercano a la picaresca, donde  la temática propia de la comedia de enredos está  más  presente y se recurre en la sucesión de relatos, a una explicación racional que desmonta de forma  humorística c cualquier situación misteriosa.


Esta parte, casi una pausa  en las aventuras de su protagonista, se convierte también en la más enrevesada de la trama, en la que de un relato surge  otro  de una forma muy similar a la de una muñeca rusa, para volver, de forma inesperada, a esa primera historia, que, sin serlo en  el orden de aparición, si lo es en la vida de Alfonso  van Worden: la de su origen. Un bloque, tan ajeno aparentemente al resto de la trama, que resulta igual de intrigante para el espectador,  por su desarrollo de esos relatos conectados, y que preceden al desenlace en el que se retoma el componente sobrenatural inicial. Esta vez, mucho menos aterrador y más melancólico, convirtiéndose en el lugar al que el protagonista anhela volver. Y en el que lo sobrenatural se vuelve más sutil: de forma similar al segmento anterior, a las aventuras de Alfonso se les dará  una explicación lógica: los espectros  serán sustituidos por un plan elaborado previamente,  por  actores y acróbatas en una conclusión que , por lo improbable, sigue manteniéndose dentro de esa línea entre lo real y lo fantástico.

El manuscrito encontrado en Zaragoza es una película hecha para tomarse su tiempo. Para detenerse en cada uno de los escenarios, teatrales y fantásticos, así como en las historias que cada personaje  encadena como parte de algo mucho mayor. Una película que, lejos de ser una versión fiel al manuscrito original, es una visión distinta, pero cuyo enfoque la complementa.

jueves, 13 de marzo de 2025

Los ojos sin rostro (1960). Los límites de la ciencia

 


El cine evoluciona, a nivel estético y de contenido, junto con su público.  El terror, el suspense, y todo aquel que se separe un poco del realismo, también. Aunque determinados elementos prevalecen, adaptándose a ese cambio y convirtiéndose en cierto modo, en un reflejo de cada época. Si los monstruos los que consideramos clásicos han sido objeto de esa adaptación al medio, también lo han hecho  otros elementos presentes en el género.  Uno de ellos ha sido la máscara: esta sirvió para ocultar la identidad del malhechor, pero también para esconder la  monstruosidad física, no necesariamente  moral…que con el tiempo se convertiría en en el rasgo más reconocible de los asesinos en serio que con los años, sustituirían a  los monstruos que  conocía el público.


Fue precisamente en una época en la que estos cambios empezaban a aparecer en pantalla, comenzando a olvidar los monstruos y  escenarios conocidos, cuando una producción francesa recurría a estos últimos coletazos de los clásico para contar, a través de estos, una historia que  quizá más  más moderna, pero que se movería entre ese mundo conocido, en vías de dejar paso a lo nuevo, y el cambio que se avecinaba.



El doctor Genessier es un brillante cirujano  que ha sido tocado por la tragedia. Viudo, este pierde a su hija poco después de que esta quedara horriblemente desfigurada en un accidente de tráfico. Un  golpe doloroso para un médico especializado en la recuperación de tejidos y cicatrices, pese a lo cual, no pudo librar a su hija de las marcas que la atormentaba n y al habían llevado a alejarse del resto del mundo. Refugiándose en el trabajo  de su clínica junto a Louise, su secretaria, y Jaques, el prometido de su hija, la entereza con la que ha asumido su perdida es solo una fachada. En un quirófano construido en su mansión, el doctor intenta  una y otra vez conseguir un rostro nuevo par a su hija, dada por muerta, quien soporta una y otra vez las operaciones fallidas  mediante las que su padre intenta trasplantar la piel de distintas jóvenes, de rasgos similares a los suyos, sin que hasta la fecha estos hayan tenido éxito. Christiane, desesperada, se somete a cada operación  sintiéndose como un sujeto más de unos experimentos obsesivos que solo conducen a la muerte de inocentes. Y la  policía ha empezado a ser consciente de los rasgos que comparten las jóvenes que han estado desapareciendo  los últimos meses.


Adaptando una novela  corta de Jean Redon, este guion de Boileau y Narcejac cuenta con un punto de partida que sorprende por su simpleza: el arquetipo de científico loco, quien su obsesión por conseguir  restaurar una tragedia personal lo lleva a traspasar los límites de la legalidad y al ciencia. La estructura  hoy conocida, en al que una sucesión de crímenes da paso a la explicación de su motivo y la consecuente detención  o muerte de su autor, se reinterpreta en este caso de forma en al que se da a conocer una parte de los hechos: la película comienza con una secuencia nocturna a en al que la ayudante del doctor se deshace del cadáver que  harán pasar por su hija. La trama, a partir de entonces, se centrará únicamente en el  mostrar el modus operandi de la pareja formado por el Doctor Genessier y Louise para conseguir material para sus  operaciones. La sucesión de victimas como parte de la historia se ve aquí sustituida por la filmación con todo detalle, del proceso de caza que ambos  llevan a cabo, así como del procedimiento quirúrgico que no dudan en mostrar mediante una secuencia rodada con lentitud y detalle. Una situación, precedida por la escena en la que se muestra el rostro desfigurado de Christiane, que  recrea el proceso de extracción de esa nueva cara para su hija, en una secuencia tan directa que si bien hoy parece de lo más simple, en 1960 supuso un problema con la censura. El tiempo dedicado a  este proceso sirve para establecer el tono de la película, muy pausado, y que  refleja  lo que supone cada intervención del doctor: la captación de una víctima, un complejo procedimiento quirúrgico y el sufrimiento de su hija, para quien  se supone que es todo el sacrificio pero que ella misma se reconoce d como una víctima ´más de un personaje  megalómano, incapaz de asumir un fracaso  personal y que establece sus relaciones mediante la jerarquía  y la lealtad ciega. Christiane, dada por  muerta, está sometida a un encierro del que solo podrá salir una vez su padre tenga éxito. Louise, su secretaria, le obedece  ciegamente al deberle  su rostro gracia a una operación exitosa, ocultando las cicatrices  con un grueso collar que servirá de indicio para que la policía involuntariamente, ponga  en manos del doctor una nueva víctima. incluso Jacques,  novio de su hija,  no es más que un médico a su servicio. Es a partir de los diálogos entre estos mediante los cuales se  podrá con9ocer la situación previa, tal y como la responsabilidad del doctor en el accidente o la existencia de varios intentos previos de recomponer su rostro.


Esta película se encuentra a caballo entre lo clásico y  el enfoque moderno que empezaba a verse.  Era la época  en la que los monstruos de la Hammer  sustituirían a los de la universal, cuando Psicosis supondría un antes y un después en el cine de sus pensé pero también cuando Mario Bava  presentaba su reinterpretación  de la bruja con La máscara del demonio. Los ojos sin rostro   juega  de la misma forma con la figura del mad doctor, sin  escatimar  secuencias escabrosas, pero a la vez con un escenario tan clásico como la mansión en al que  este  lleva a  cabo sus experimentos y donde transcurre gran parte de la trama. A través de escenarios  decorados con muebles propios dé otra época, de grandes escalinatas, de pasadizos y espacios abiertos que contrastan con las secuencias urbanas, de planos más cerrados y  escenas  más bulliciosas, se mueve unos de los personajes principales: Christiane,  interpretada por Edith Scob que oculta en todo momento su cara mediante una máscara que pretende  reproducir sus rasgos, pero carece de expresión a haciendo que esta  solo pueda manifestar su estado de ánimo mediante su minada y sobre todo, su expresión corporal. Esta, ataviada en todo momento con vestidos blancos  y vaporosos, le dan un aspecto fantasmagórico (y que la fotografía en blanco y negro, muy contrastada, se encarga de resaltar),  desplazándose mediante movimientos lánguidos, muy exagerados, que la convierten una criatura extraña, casi un fantasma en ese caserón pero también  en una figura cargada de simbolismo: la última escena del personaje, desapareciendo en el medio de la noche acompañada de los pájaros ha los que ha liberado de su jaula, es más propia del fantastique, de un relato donde lo irreal tiene un mayor presencia, que de una película de suspense  al uso donde, seguramente, al policía habría sido un poco más perspicaz que esos dos agente que no dudan en descartar cualquier pista. De este modo, la historia se salda de una forma más poética y personal, con al liberación de las dos últimas víctimas y el final del médico a manos, de forma indirecta, de su propia  hija por la cual había sacrificado varias vida, así como  la de ella misma.


Pese a la simpleza del argumento, al menos en apariencia, la carga simbólica de esta y el impacto de sus imágenes supusieron una influencia para el cine posterior. La máscara de su protagonista, sencilla pero inquietante en su inexpresividad, sería una referencia  en la de Michael Myers. Guillermo del Toro la reconoce como una de sus películas favoritas y  La piel que habito, de Almodovar, se inspira más en Los ojos sin rostro que  en la novela de Thierry Jonquet que adapta. Incluso  Billy idol la usaría como  inspiración para su canción del mismo nombre.


jueves, 6 de marzo de 2025

Contra el imperio de la droga (1971). La policía no es tonta

 


Los setenta se consideran en l fin del sueño americano. La imagen  idílica  de abundancia y seguridad ficticia, daba paso a una realidad más sucia, donde los veteranos de Vietnam deambulaban abandonados por el estado, la droga era una realidad en unas calles  i llenas de inseguridad, reflejo de un sueño que nunca había existido, y  la supuesta bonanza económica seguía el mismo camino. El cine reflejaría esta situación así como el cambio de mentalidad que supuso. Pero  esto también vendría acompañado   por un lenguaje audiovisual nuevo,  con el uso de planos  más expresivos y a menudo tomando prestados tomas propias de la televisión. En este entorno, un director todavía no consagrado, cuyos primeros  trabajos venían precisamente de la pequeña pantalla, dirigía un thriller policiaco  donde la línea entre la ley y la delincuencia estaba  claramente  marcada pero no  lo métodos empleados por ambos.


En las calles de Nueva York, los detectives de la brigada de narcóticos  Jimmy Doyle y  Buddy Russo, Popeye y Cloudy para sus compañeros, descubren durante un trabajo rutinario  las pruebas de uan operación de tráfico de  heroína que  comienza a planearse entre la red de narcotraficantes de al ciudad y Alain Charnier,  quien dirige desde Marsella una de las mayores organizaciones de tráfico de drogas. Los informadores que  Popeye y Cloudy  mantienen en las calles confirman la realidad de  un plan que tendrá lugar en  unas pocas semanas, suficientes para organizar  los efectivos necesarios para detener el intercambio. Durante los siguientes días, ambos  mantendrán un esa estrecha vigilancia sobre  los sospechosos, aunque esta supondrá arriesgar sus vidas e incluso enfrentarse a con los miembros de su departamento,  a quienes los métodos del detective Doyle han supuesto la pérdida de varios compañeros.



Contra el imperio de la droga es el título en castellano de The French Connection, que adapta el texto de Robin Moore del mismo nombre. Siguiendo también la investigación real de dos agentes sobre una operación de tráfico de  heroína en Nueva York  (como  Fariña de Nacho Carretero. Pero sin Morris y sin ser denunciados por un narco de poca monta).  Una narración de no ficción dela que la película toma también una realización casi de documental, con secuencias rodadas cámara  en mano, siguiendo a sus protagonistas  como si esta fuera un personaje más y mostrando de forma muy realista los escenarios en los que se mueven. Sin exagerar el tono sucio, este muestra, con luz natural, a veces tan luminoso que  resalta  todavía más ese escenario, los edificios desvencijados y transportes públicos que funcionan por inercia, donde las zonas más lujosas quedan separados de ese entorno mísero  apenas por una pared o una ventana desde  la que la vista de un restaurante ostentoso  es la de un exterior de humo, frío y suciedad. Una técnica donde la realidad se refleja en todo momento, pese a los arreglos narrativos  que suponen una banda sonora o las secuencias de acción propias del cine policiaco.


Esta realidad es la que acompaña a los protagonistas, para los que la violencia es un recurso más en su trabajo diario: detener y patear a un traficante, hacer una redada con violencia en un bar donde se trafica…son simplemente cuestiones de su  oficio, mostradas también de una forma imparcial. La violencia en las calles solo se combate con violencia. Algo que sus protagonistas han asumido. Estos, caracterizados únicamente a través de su trabajo y su condición de detectives,  carecen en la historia de  ningún trasfondo personal. Su vida  se reduce a su trabajo, al que se entregan en todo momento, incluso durante el ocio. Pero que les da la personalidad necesaria para poder comprenderlo, incluso cierta profundidad (como el saber qué tipo de chicas le gustan a  Doyle o su tendencia a actuar por intuición). Un trabajo llevado a cabo por  Gene  Hackman en el papel principal, como ese policía encallecido, sin un atisbo de vida personal pero dotado de la astucia y recursos necesarios para llevar a cabo su trabajo, así como leal a sus compañero. El papel de Roy Scheider es mucho más discreto, su personaje parece más  sereno al lado de la expresividad y violencia del interpretado por Hackman, pero ambos se complementan como  esa pareja de policías en las que no hay ninguno bueno, sino como mucho, uno de los dos será el menos malo.


Al tratarse de una película donde la importancia recae sobre los hechos que narra y no tanto sobre los personajes, estos apenan comparten tiempo  en pantalla con sus antagonistas. El personaje de Alain Charnier, interpretado por Fernando rey,  aparece n escena tras uno primeros minutos de una secuencia en Marsella, propia de un polar francés, y cuyo entorno y modales supondrá  la otra cara de la moneda de un policía brusco en las calles de una ciudad al otro lado del Atlántico. Charnier es caracterizado como un personaje calmado, cómo en ese escenario mediterráneo lleno de luz y evocador de esa “vieja  Europa” tan distinta al lugar donde se desarrolla la trama. Este  responde más a la idea de caballero ladrón que a la de narcotraficante violento que sería habitual en los años posteriores. La secuencia de persecución en el metro, donde este da el esquinazo  tranquilamente  a su perseguidor para saludarlo   irónicamente antes de irse, su velada en un restaurante de lujo mientras Doyle se congela en el exterior  durante su turno de vigilancia, supone el retrato más profundo  de dos personajes opuestos, de los que el espectador no sabe nada más allá de su vida profesional. Pero cuyo entorno y gestos son suficientes  para comprender que ambos vienen de mundos muy distintos.


Ni la fuente realista ni su rodaje, directo y sin artificios, impiden que  la cinta cuente consecuencias de acción memorables. Esta se convertiría en una influencia para producciones posteriores, y se nota en la ejecución de estas: desde la sencillez de una persecución a la carrera de sus protagonistas, sin más añadido que lo que aguanten los  pulmones de estos, hasta  la  aparición de un francotirador, su huida a través de un tren elevado y la persecución por carretera en un vehículo donde vertiginoso de un trayecto en un coche cada vez más  destrozado por los choques se le suma el secuestro, e  inminente choque  de una línea de tren llena de pasajeros. Situaciones aparatosas, cargadas de tensión y violencia, pero sorprendentemente minimalistas en un medio donde las explosiones y las lluvias de tiros se convertirían en la norma. Una espectacularidad que aquí  es sustituida por la posible realidad de estas escenas donde no se esconden las consecuencias: la mujer asesinada por el francotirador que busca a Doyle, las víctimas de este en el vagón de tren, suponen  consecuencias tan poco espectaculares  como reales inquietantes por su posibilidad de ser una noticia más en la prensa.

El desenlace, donde de una forma brusca, se niega al espectador un cierre cinematográfico, sustituye  el final de al persecución que se ha ido desarrollando por uno casi documental, donde se limita a informar del paradero posterior de sus protagonistas, tan simple como una ficha policial y en el que con esa misma frialdad, se da cierre a esa conexión francesa reconociendo que en realidad, los malos no siempre pierden.

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