Aunque pasara mis buenos años viendo dibujos animados, estos se fueron quedando un poco atrás. Gravity Falls o como mucho, el regreso de Gumball, han debido ser las más recientes. El anime también se ha quedado muy lejos, en la primera época del kamehameha, de las cacas de Arale, los jarros de agua fría que recibía Ranma y las trasformaciones entre purpurina de Sailor Moon. El K-pop fue un fenómeno que me pilló todavía más fuera de onda, edad e intereses. Y de repente, una película estrenada en Netflix, sin más ambición que la de funcionar en streaming, mezclaba todos estos elementos convirtiéndose en uno de los éxitos más inesperados del año pasado. Ahora, con un Oscar a mejor película animada y tras haber descubierto que varias de las canciones que había escuchado por ahí en los últimos meses venían, precisamente, de su banda sonora, y muchísimas referencias positivas, fueron suficientes para salir de momento, de la zona de confort de los ochenta, del grano setentero y del stop motion para comprobar que estaba pasando con ese grupo de cantantes pop y cazadoras de demonios.
Rumi, Mira y Zoey, además de las integrantes e Huntrix, el grupo musical más popular de corea, son también las cazadoras de demonios que con el poder de su voz, se encargan de proteger el umbral que separa el mundo de los humanos y el reino de Gwi-Ma, señor de los demonios. Su próxima actuación en los premios musicales del año supondrá el cierre definitivo de la frontera entre ambos mundos. Pero algo empieza a pasar con la voz de Rumi, y mientras esta falla, sospecha que puede estar relacionado con el secreto que ha ocultado toda su vida. Y en el inframundo, uno de los siervos de Gwi-Ma prepara un plan para acabar con la energía que protege a las Huntrix: hacerse con ella mediante una boy band formada por demonios.
El argumento, muy deudor del género de las magical girls y muy centrado en un icho como es el kpop, no resulta muy prometedor sobre el papel (y quizá por eso, después de una película sobre los emojis de Wahatsapp, Sony prefiriera sacarla por streaming). Pero en este caso, no es la premisa, sino como se ejecuta. Y una trama centrada en temas tan manidos como el poder de la amistad, ser uno mismo y superar las adversidades, se integra perfectamente, una película de fantasía urbana, comedia musical y muy deudora del anime.
En el guion se integran varios de los tópicos de este género, pero puliendo varios de estos y haciendo que lo que podía ser personalidades tan esquemáticas como las líder, la malencarada y la entusiasta estén mucho más suavizadas, se complementen y ninguna sobresalga por encima del resto. En este caso, el preso de la trama recaerá sobre la líder de grupo como hilo vinculado a la trama principal, y que servirá de punto de ruptura, pero también de renovación, en el grupo de protagonistas. El vestuario, el diseño y las armas, sacadas estas últimas de la cultura coreana, son una parte, de las más llamativas, de una película que destaca también por su aspecto visual. No es solo el uso del lenguaje humorístico propio del anime, con los cambios bruscos de expresión, las caras con gestos caricaturescos o los movimientos y el montaje de las secuencias de acción. Sino también su integración con recursos propios del cartoon (esas lenguas cayendo al suelo y esos ojos convertidos en mazorcas propios de Chuck Jones) . y sobre todo, el diseño y aspecto visual de unos personajes y escenarios donde conviven sin problema las texturas 2d y 3d, muy fluidas, recurriendo a tonos pastel, púrpuras y juegos con la luz. Y donde los diseños resultan tan llamativos que hace pensar que las críticas eran ciertas y la animación a occidental mayoritaria lleva años estancada en el estilo que había marcado Frozen y las más recientes de Pixar.
Aunque a nivel visual la primera referencia sea el anime, el guion utiliza en su trasfondo la mitología y estética coreana. Esta se traslada mediante el trasfondo que justifica la tarea musical de sus protagonista, y si el mundo de los humanos destaca por su luminosidad, el reino de los demonios con tonos más oscuros, a parece poblado por diseños propios de estos mitos, así como el uso de los vestuarios tradicionales. Y el tigre. Porque es imposible no fijarse en ese tigre sobrenatural que como buen gatico, acaba tumbando con la pata todos los objetos que encuentra.
Los números musicales son la parte principal teniendo en cuenta la importancia de las canciones y sus significado dentro de la historia. Estas van apareciendo a lo largo del metraje asimilándose a la acción, por lo que las piezas musicales podrán interrumpirse , cambiarse o reanudarse según lo que suceda. Estas, muy pegadizas, consiguen funcionar como esos hits que un grupo podría sacar. Aunque salvo “suenan bien”, es difícil poder decir algo más siendo un género musical del que poco sabía hasta haber visto la película.
K-Pop Demon Hunters no solo consigue mezclar muy bien el lenguaje anime con una cultura musical que muchos desconocemos y una historia “para todos los públicos” en el buen sentido de la frase, sino que aporta algo más: en un sector de entretenimiento anquilosado en franquicias donde la más nueva anda ya por la veintena, de explotación hasta la saciedad de estas y de repetición de formulas que funcionan, esta ofrece algo distinto. No nuevo, pero si original y una idea que el público más joven puede considerar como suyo, y no heredado, pero que todos pueden disfrutar. Desde la niña que, como hace unos meses, pude ver como explicaba a un familiar quien era su muñeca de pelo violeta hasta la funcionaria que una tarde decidió ver que pasaba con esos dibujitos que habían tenido tanto éxito, y que al día siguiente se fue a trabajar tarareando Takedown.
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