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jueves, 7 de octubre de 2021

Nada (1944) de Carmen Laforet. Eixamples borrascosos

 


Desde que salieron las notas de las Pruebas de Acceso a la Universidad, decidí no volver a acercarme a ningún libro que hubiera estado incluido en un plan de lecturas obligatorias. Tardaría mucho en empezar Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, y todavía miro de reojo el ejemplar de  Poeta en Nueva York por miedo a tener que señalar las figuras y recursos estilísticos empleados en El rey de Harlem. Entre ellos, ninguno hacía rechinar los dientes como la novela de posguerra. Pero cualquier lectura se aprecia de forma distinta si no hay una fecha de examen por medio, y este año se cumple el centenario del nacimiento de Carmen Laforet, quien obtuvo reconocimiento con su primera novela durante los años más difíciles.


Nada es el desolador título  que narra la llegada de Andrea, una joven de 18 años, a Barcelona, done cursará los estudios en la universidad de una ciudad que parece ir recuperándose poco a poco de la guerra. Huérfana, sin más pertenencias que una maleta, una exigua pensión y la ilusión por regresar a la casa familiar que recordaba de su niñez, se encontrará  en una vivienda fragmentada, literal y figurativamente, que ha sido parcialmente vendida y donde los antiguos muebles se acumulan de forma caótica en las estancias de sus parientes: la abuela, una figura casi beatífica en la que se empieza a adivinar los estragos de la demencia y sus tres hijos: Angustias, Roman y Juan, enzarzados permanentemente en una red de peleas, acusaciones y reproches que a menudo recaen sobre Gloria, la mujer del último. Completan el cuadro la extraña figura de una criada, que parece tener más control sobre  lo que queda de la mansión que sus propietarios, y como vestigio de lo que fue una casa de bien, y loro que farfulla incesantemente, y un gato de aspecto escuálido. A partir de entonces, la vida de Andrea transcurrirá entre las paredes de una casa desvencijada, atrapada entre  reproches que no comprende y aislada de la vida que anhelaba en Barcelona.


La novela es en principio lo que se tiene asimilado como narrativa de posguerra. no se esconden las referencias al conflicto, que se mencionan como trasfondo del pasado con la misma cotidianeidad que se podría hablar del tiempo, lo que este ha supuesto en un entorno familiar y las menciones a quienes debieron esconderse para salvar sus vidas. Su autora, a través de las descripciones, ha sido capaz de captar una atmósfera completamente gris y pesada: es el único color con el que es posible imaginarse el hogar de su protagonista e incluso los muros dela universidad donde parece existir un resquicio de libertad. Pero también cuenta con una cualidad, vista en perspectiva, casi inesperada: esa misma atmósfera resulta  sorprendentemente gótica, donde es posible establecer  ciertos paralelismos entre  esa heroína huérfana y unos personajes atormentados hasta la exageración. Incluso es posible encontrar, más que en lo anterior, una similitud mayor entre la casa de carrer de Aribau y las atmósferas de Shirley Jackson o la  residencia en Londres a la que se traslada la protagonista de La juguetería mágica de Angela Carter.




Es posterior pero no se puede hablar de Barcelona sin que aparezca la estatua de un gatico


Un personaje principal que parece deambular impotente en un escenario donde todos parecen ajenos a su forma de percibir las cosas. La familia de Aribau, desquiciada pero fascinante de un modo grotesco, el hambre persistente, convertido en un personaje más.  y el entorno exterior,  formado en su mayoría por personajes de clase alta cuya hipocresía se revela de forma más insidiosa, especialmente en la figura de Ena, amiga de la protagonista y una figura manipuladora y obsesiva que hace sospechar que ese desenlace esperanzador con el que se cierra la historia no lo será por mucho tiempo.

Nada, además de su papel como referente de la novela de la época, es también una muestra que la mejor forma de reflejar una realidad que supera a la ficción es mediante la aproximación a su vertiente más oscura y enloquecida, con unos personajes que deambulan en ese microcosmos agobiante  que es la casa familiar que se deteriora por momentos.

3 comentarios:

José Miguel García dijo...

Menuda sorpresa entrar a ver las novedades de tu blog y encontrarme con una novela en principio alejada de lo fantástico, y sin embargo las referencias que haces a Shirley Jackson o Angela Carter me parecen de lo más atinados y arrojan luz nueva sobre este libro: la retroalimentación es uno de los grandes atractivos de la literatura. Yo me la leí hace relativamente poco (y a raíz, cómo no, de descubrir por casualidad su adaptación de 1947: me pareció increíble una película tan sórdida en esos años del franquismo) y me gustó mucho. Eso sí, por aquí por Andalucía no formó parte de los planes de lectura del Bachillerato: nos conformamos con Cela y su Colmena.

Renaissance dijo...

La leí por recomendación, al ser una novela que se había quedado en los listados de "narrativa de posguerra" de cara a mencionarlo en un examen (como curiosidad,el libro que fue de lectura obligatoria fue, como no, La colmema).
Fue también una sorpresa y poder reconocer en la atmósfera a Jackson o Carter. Eso ahora, al menos. Es muy probable que de haber estado en un plan de lectura, lo hubiera odiado.

Anacrusa dijo...

Qué bien traído lo de Jackson y Carter, nunca las hubiera asociado con Laforet.

En mi caso no fue lectura obligatoria. Recuerdo leerla con 13 ó 14 años y no enterarme de mucho, y releerla después de estudiarla en la carrera y, aquí sí, parecerme una novela desoladora, agobiante y sin esperanza. Ojalá hubiera tenido estos referentes que citas. Al menos en España, los "clásicos" se estudian desde una perspectiva muy anticuada. Eso, entre otras cosas, provoca lo que comentas al inicio de tu entrada: las pocas ganas de leer, especialmente las lecturas obligatorias.

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