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jueves, 5 de marzo de 2026

El séptimo sello (1957). El caballero y la Muerte

 


                                            Y cuando el cordero rompió el séptimo sello, se hizo el silencio en el Cielo
                                                                                                                                               -Apocalipsis
                                                                                    El fin del mundo ya llega para los que se mueren
                                                                                                                                                  -La abuela

La muerte, cuya representación como  cadáver envuelto en un sudario se ha convertido en una figura reconocible en la cultura popular,  y hoy, en el enemigo a batir,  representa también lo inevitable.  El punto de no retorno que   nos recuerda lo fútil de la existencia, lo arbitrario, pero también algo anónimamente justo: un final que  alcanza a todos por igual (y aquí da lo mismo lo que haga Elon Musk y y los muchimillonarios, que se irán al hoyo tarde o temprano). Incierto,  trágico e injusto, pero también un final esperado a cuando el tiempo se ha agotado.  Y  lo que se haga con este mientras tando, depende de cada uno. Bergman tomaría esa figura  para un drama, por definir de algún modo una película donde conviven la tragedia y el drama con la comedia y con lo fantástico.  En  el que, parafraseando a Terry Pratchett, la Personificación Antropomórfica de la Muerte se convierte en una parte  más de una Edad Media donde  esta participa de lo cotidiano, de la manera de pensar, y en una compañera de viaje.


Tras su regreso de las Cruzadas,  la Muerte aguarda al caballero Antonius Block. Este, quien no la teme pero todavía no se cree preparado para acompañarla,  la desafía a una partida de ajedrez: su vida  se prolongará en tanto esta  continúe.  En su camino hacia el hogar, Antonius y  su escudero Jöns encuentran pueblos arrasados pro las peste, fanáticos que deambulan  entre las aldeas flagelándose para suplicar el perdón divino  y quienes no dudan en señalar  como culpables de brujería y  responsables de la peste negra a cualquier inocente. Pero también,  encuentran un lugar  para la esperanza: una familia de cómicos ambulantes,  junto a  los que continuarán  su camino  hasta que la partida contra la Muerte termine.



La película se basa en una obra teatral, un material  patente en su estructura dividida en varios actos y  la distribución  de la posición de cada  actor  de forma muy estática en muchas de las secuencias, así como el uso de los monólogos como apoyo para la carga filosófica del guion. Este constituye una reflexión  sobre la vida, la búsqueda de un sentido pero también  el anhelo de conocer que hay  más allá. Algo que su protagonista  intenta averiguar en cada ocasión que se le presenta: desde  la trascendencia de una actividad tan simple como  compartir una comida con sus compañeros de viaje, o  con una víctima de la caza de brujas que, al borde de la muerte, cree estar acompañada por el diablo. La travesía de block supone esa búsqueda  de un sentido, un deseo de  trascendencia que lo lleva no solo a perder  diez años en las Cruzadas sino también a moverse  con cierta indiferencia  en su vida.  Para él, el ajedrez (además de estar inspirado en el cuadro de Albertus Pictor) sirve de hilo conductor mediante un juego de estrategia,  que puede alargarse según la habilidad de sus participantes pero que en este caso, saber quien será el ganador es inevitable…una elección muy diferente, pensándolo bien, si el adversario hubiera sido el diablo,  que es mucho más jugantín y parece estar más relacionado con las partidas de cartas.
Ante este, se opone el pragmatismo  de su escudero,  quien tiene una actitud más vital  pese  a ser uno de los personajes con un discurso más desengañado.  Para este,  el escenario arrasado por la violencia es una parte  más de la vida, que se limita a vivirla y hacer lo correcto en la medida de lo posible.


La contrapartida  de ambos será la familia de cómicos, quienes no solo  reflejan esa esperanza en un entorno  que parece aguardar y desear el Fin del mundo, algo que acabe con una situación insostenible (en este caso, las plagas y continuas guerras), y que participa en la parte más cómica de la película. Esta cambia de forma  brusca de secuencias costumbristas, como una canción en un teatro improvisado  o una escena que representa el tema tradicional entre marido cornudo y esposa fugada, con momentos que rompen por completo estas situaciones mas alegres: el grupo de penitentes  interrumpe la actuación en el pueblo,  ganando la atención de sus habitantes y reflejando  como  el fanatismo religioso y la violencia  los atrae más que los aspectos más pacíficos de la vida.


En una historia  acerca  de la muerte y el valor de la vida, la ambientación en la Edad  Media refleja este tema  doblemente. Por un lado,  la inevitabilidad de la muerte,  la idea de memento mori y las imágenes de las Danzas de la Muerte  van un idas a esa idea de la Edad Media que ha permanecido a lo largo de los siglos, en algún momento de las Cruzadas y la peste negra. Por otro, el escenario  recuerda, de forma  muy vaga, a esa Europa de los cincuenta que todavía no se había recuperado de la segunda guerra mundial (y todavía estaba lejos el boom económico y de bienestar de Suecia),  pero sobre la que planeaba  la sombra de otro posible conflicto y una amenaza nuclear: el apocalipsis  como trasfondo solo ha cambiado un poco de forma.

El blanco y negro, y la fotografía con un contraste muy marcado, resalta unos exteriores  caracterizado por la naturaleza, especialmente el mar, el bosque y la tormenta.  Estos se convierten en una parte  más de la historia, donde lo principal es el viaje de sus protagonista y  no hacia donde se dirigen: después de todo,  estos son un caballero en continua búsqueda y unos artistas ambulantes.

Han pasado años desde que El séptimo sello   fuera  una proyección habitual en cineclubs y un referente  en cuanto al cine europeo de mayor  complejidad  frente a las producciones de evasión. Sin embargo, resulta  chocante que una película entre el drama, lo costumbrista y el fantástico, como también sería al año siguiente, El mago,  se convertiría en un referente  de la cultura popular: Monty Python sería capaz hasta de parodiar sus títulos de crédito en Los caballeros de la mesa cuadrada y  la caracterización de la Muerte interpretada por  Berg Ekerot servía de referencia para el mismo personaje en El alucinante viaje de Bill y Ted…y sí, mi generación es muy pesada con el cine de los ochenta, pero los guiños que manejaban eran mil veces mejores que todo Scary Movie.



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