Hay tecnologías, que pese a la pérdida de interés que generan en muy poco tiempo y su escasa utilidad más allá de lo vistoso, acaban regresando de forma cíclica. Una de ellas fue el cine en tres dimensiones, que llenó salas con películas de serie B en los cincuenta y en la primera década del 2.000 hizo un regreso, olvidado rápido, intentando aprovechar unos efectos digitales más vistosos, atraer al público y de paso, intentar justificar con las gafas 3d el precio de unas entradas ya de por sí caras. La otra fue la realidad virtual, esa simulación del entorno que en el futuro podría ser indistinguible del mundo real, afectando incluso a las reacciones físicas de sus usuarios. Y que de nuevo con todas las limitaciones, ha ido metiéndose en las casas como entretenimiento anecdótico médiate unas gafas que además de marear mucho, garantizan que hagamos el ridículo lo bastante en la vida real como para echarse unas risas. Como en eso último soy bastante experta (y para meter la pata no necesito Metaverso), me quedo con la realidad virtual cinematográfica, que apareció varias veces en los noventa mostrando los peligros y posibilidades de esa tecnología que, por mucho que se empeñen los gurús tecnológicos, ni de lejos es lo que ellos pretenden.
En algún momento del futuro, el nuestro, según las fechas en las que se desarrolla Virtuosity, las herramientas de realidad virtual pueden convertirse en un medio de formación de las fuerzas del orden, ayudando a entrenarlos en cuanto a la investigación de asesinos en serie y terroristas. La tecno0logía, todavía en fase de pruebas, es utilizada por reclusos que se presentan como voluntarios a cambio de una reducción en su condena. Pero la inestabilidad de esta provoca la cancelación del proyecto pese a las protestas de su desarrollador. Este, antes que destruir su creación, la inteligencia artificial Sid 6.7, un programa que amalgama personalidades des distintos asesinos en serie, transfiere esta a un androide, permitiéndole salir al mundo real. Con un delincuente formado por las mentes criminales más despiadadas, y creado mediante una tecnología que le permite regenerarse, el único capaz de acabar con él es Parker Barnes, uno de los voluntarios del proyecto, antiguo policía quien hace años, se había enfrentado a una de las múltiples personalidades integradas en la mente de este asesino virtual.
Brett Leonard, quien tres años antes había dirigido El cortador de Césped (cualquier parecido con el relato de Stephen King es pura coincidencia), retoma la temática de esta en una historia con elementos cyberpunk en la que aunque el uso de efectos especiales es tiene menos peso que en la anterior, estos resulta tan pobres como gran parte de todos los que se emplearon hasta que la tecnología digital empezó a pulirse y sobre todo, a alcanzar un equilibro con los efectos tradicionales. El uso del CGI que entonces parecía el futuro envejeció rápido y mal, quedando muy pronto al nivel de un salvapantallas de Windows XP. Los logros de Matrix en cuanto efectos, aunque del bullet time también abusaron lo suyo, estética y narrativa sobre la naturaleza de la realidad y la consciencia estaba un poco lejos, y este thriller de ciencia ficción se limita a utilizar elementos que entonces eran tendencia cinematográfica para incluir todos y cada uno de ellos sin que ninguno tenga significado más allá de tocar todos los palos posibles.
Brett Leonard, quien tres años antes había dirigido El cortador de Césped (cualquier parecido con el relato de Stephen King es pura coincidencia), retoma la temática de esta en una historia con elementos cyberpunk en la que aunque el uso de efectos especiales es tiene menos peso que en la anterior, estos resulta tan pobres como gran parte de todos los que se emplearon hasta que la tecnología digital empezó a pulirse y sobre todo, a alcanzar un equilibro con los efectos tradicionales. El uso del CGI que entonces parecía el futuro envejeció rápido y mal, quedando muy pronto al nivel de un salvapantallas de Windows XP. Los logros de Matrix en cuanto efectos, aunque del bullet time también abusaron lo suyo, estética y narrativa sobre la naturaleza de la realidad y la consciencia estaba un poco lejos, y este thriller de ciencia ficción se limita a utilizar elementos que entonces eran tendencia cinematográfica para incluir todos y cada uno de ellos sin que ninguno tenga significado más allá de tocar todos los palos posibles.
Esta personalidad compuesta tampoco supone una fuente de conflicto para el villano, interpretado por un Russell Crowe muy joven, pero también muy soso y muy lechuguino. Su contrapartida, un policía encarcelado injustamente que Denzel Washington interpreta de forma convincente, al menos con el material que tiene para trabajar, es el tipo de protagonista que también aparecería en serie B como Escape de Absolon, o producciones de más éxito como Demolition Man, y que responde a ese esquema de error institucional, y arco de venganza esperable en una película de alción de esos años. El resto de secundarios, desde la psicóloga especializada en asesinos en serie como elemento emocional o el desarrollador del programa informático,, están un poco por ocupar supuesto en el guion. Un detalle especialmente desaprovechado en el caso de este último: Lindenmeyer, el creador de una inteligencia artificial malvada, podría ofrecer un desarrollo interesante sobre la relación e entre creador y máquina o los motivos por los que este decide dotar de vida física a su programa. Pero en su lugar se limita a convertirlo en un androide nanotecnolótico (la nanotecnología entonces, también parecía muy del futuro) con la misma desgana con la que podría haberse guardado una copia o buscado otro trabajo.
Uno de los aspectos más interesantes es la representación de la cultura dela información antes de las redes sociales: taras establecer su trayectoria como asesino serial muy poco discreto, su comportamiento se consolida como el de un villano que busca atención, reflejada mediante el uso de la televisión y los contadores de audiencia. Una forma de representar la fascinación mayoritaria por la violencia que se queda en otro elemento más que han incluido, añadido a la retahíla anterior y solo aparece un momento, como parte de esa trama formada por piezas separadas y encajadas forzosamente.
La estética resulta igual de poco destacable: un futuro probable, en el que salvo los uniformes de policía (o de chofer de limusina, tampoco andaban muy inspirados) y unos escenarios de materiales informáticos intentan ofrecer algo distinto. Quizá para intentar emular un escenario cercano, los exteriores son entornos luminosos, bastante limpios, con un par de variaciones intentando acercarse a una estética más sucia en algún escenario pero que se queda en algo neutro. De nuevo, el mundo obligatoriamente feliz y de Demolition Man sería más recordado. El de Virtuosity, en cambio, se quedará en una película que podríamos recordar a medias durante los últimos años del videoclub. Y quizá, ahora que la IA ha demostrado ser un problema, pero no por recrear a Charles Manson, sino por inventar a Capuccino Assassino, recuperarla para pasar una tarde.





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